Pensar que la función del diseño es convencer, es pensar muy poco. ¿De qué convence un boleto de tren?, ¿a quién convence el horario de salidas de un autobús? ¿El diseño editorial de un diccionario a quién convence y de qué?, ¿cuáles son los argumentos de la imagen corporativa? La idea de que “ el diseño es igual a comunicación y esta igual a convencimiento”, sólo tiene sentido para los cartelistas, que piensan que su trabajo es “un grito en la pared”; grito que por lo regular dice: “compra”, “lucha”, “corre”, “admira”, “calla”, “respeta”, “rompe”, “rebélate”, obedece”. La función informativa y publicitaria del cartel es importante para varias industrias, pero esto no debería nublar la vista del diseñador. Convencer es importante, sí, pero no es lo único, y ni siquiera es lo más importante.
Donde el diseñador de carteles ha reconocido a un usuario “genérico”, que puede interpretar de distintos modos, el diseñador de libros ha encontrado distintos tipos de lectura: lectura en voz alta y en silencio, lectura en lugares públicos y privados, lecturas intensivas y extensivas, y para cada una de ellas ha ofrecido aplicaciones. Grandes libros para los sacerdotes (de vista cansada) que leen a sus feligreses, pequeños libros para los que leen a la orilla de un río; un mínimo de ruido para el lector de prosa, y un aparato crítico para el estudiante, con notas, traducciones, temarios y bibliografías. Los libros de arte rebasan los márgenes, mismos que son generosos en los libros de filosofía y ensayo. A los cartelistas les ha bastado pegar gritos en la pared.
En cuanto a la autoría del objeto de diseño, el cartelista poco puede aportar. El cartelista, al igual que el muralista, está destinado siempre a ser autor. Su trabajo es medio y mensaje a la vez, use o no texto. En cambio, el diseñador de libros sabe que la única manera de hacerse autor de una obra, es escribiéndola o editándola (en algunos casos). Todo lo demás, es trabajar con la retícula del texto para facilitar su uso. (Hay que decir que no es lo mismo facilitar el uso que facilitar la comprensión, pues no es lo mismo recopilar datos de una obra que comprenderla.)
El énfasis exagerado en la creatividad, en la “expresión personal”, en la “búsqueda de lo novedoso”, puede entenderse desde la óptica del artista que no quiere ser igual a los demás, que quiere sobresalir, experimentar, decir algo importante, buscarse a sí mismo. En pocas palabras, ser un autor (para lo que el cartel queda de maravilla). Sin embargo, en el ámbito editorial las cosas son diferentes. Existen enciclopedias escritas en lenguajes desconocidos, libros con páginas en blanco o en negro, con lecturas circulares, no lineales, con páginas faltantes o sin un solo texto. La experimentación existe en el diseño editorial, pero lo importante es el estándar que facilite el uso del texto: desde la mínima intromisión en la buena prosa, hasta el extremo de llegar a producir un libro para facilitar la lectura del que se ha editado primero (como josé Gaos, y su Comentario a El ser y el tiempo de Martin Heidegger).
La incursión de artistas, ilustradores y dibujantes en el diseño editorial, ha sido en función de la tecnología disponible en la imprenta para aprovechar sus habilidades: desde la ilustración libro por libro (que todavía existe, para tirajes pequeños), hasta la creación de clisés para impresiones a todo color, de alta calidad y gran tiraje. Pero, incluso en un libro repleto de ilustraciones, se puede hacer la distinción entre el artista y el diseñador del libro, pues no es lo mismo hacer un montón de ilustraciones a crear un formato de impresión (retículas, formatos de papel, reglas editoriales), una narrativa editorial (decidir la portada, el prólogo, los índices, la organización del contenido, el colofón, etc.), y solventar (o por lo menos conocer) los pasos intermedios entre la creación de las ilustraciones y la impresión del libro. Varios artistas han sido versados en el negocio editorial, pero esto ha sido resultado de su trabajo en la imprenta, es decir, de “tomar clases de diseño” al modelo tradicional, laborando en el taller. La idea de que el artista se convierte en diseñador al tener cliente (y no mecenas) es absurda, y en todo caso, debería ser contraproducente para el artista, sería como pasar del amateurismo a la vida profesional. Y claro, como para hacer un cartel no es necesario ni saber escribir, hasta los niños pueden darse el lujo de participar en concursos como “El niño y la mar”.
El estudio histórico del diseño editorial sacaría a la luz una realidad del diseño que se toma poco en cuenta: la economía es un factor determinante. La entrada de las cursivas en la página impresa fue para tener más caracteres por hoja, y fue ya después que los editores notaron que la diferencia entre redondas y cursivas podía tener más aplicaciones, como la de diferenciar idiomas distintos en la página, o en el párrafo. Del mismo modo, sumarios, índices y anotaciones, sirvieron en un principio como elementos de ayuda al lector, para crear ediciones más útiles y vendibles. (Cuenta Peter Burke que, El cortesano de Baldassare Castiglione, era un diálogo que buscaba aclarar una serie de cuestiones acerca de la educación y la vida en la corte, y aún así, muchos de los lectores lo usaron como guía de buena conducta o como fuente de anécdotas, por lo que algunos impresores dividieron el libro en capítulos, le incluyeron un “completo aparato de notas marginales”, sumario e índice de materias, elementos que el original no incluía.) La ortografía, los formatos del papel, los tipos usados, el tamaño de los márgenes, el tiraje y hasta la buena redacción pueden (y deben) estudiarse como factores económicos, aplicables aún a la práctica del diseño gráfico.
Hay que saber que la industria editorial, y en especial la industria del libro, son en primera instancia un negocio. La ortografía, la legibilidad, la impresión y el encuadernado, de poco sirven sin buenos canales de distribución, sistemas de venta, precios competentes y publicidad eficiente (es como tener un muy buen sitio que no aparece en Google). Por esto, nada tiene de extraño pensar que algún día los libros se vendan regularmente para dispositivos electrónicos, que eliminen costos de intermediarios y sólo en casos especiales, “impresos de fábrica” (También existe la posibilidad de encontrar quioscos de impresión en los que se fabrique el libro al instante de comprarlo.) Y como negocio, es importante tomar en cuenta el área administrativa del diseño editorial (costos de producción, de distribución, de venta). Esto no tiene por qué importar en el diseño de cartel.
Cualquier diseñador interesado en la publicidad y el marketing, debería saber lo siguiente: los primeros catálogos por correspondencia, fueron de libros, mismos que fueron también las primeras publicaciones en estar llenas de publicidad (primero en las secciones capilares, y después dentro del texto); los primeros en usar celebridades para vender mejor un producto, fueron también los impresores (de libros), por medio de dedicatorias y de contratar de editores y escritores populares; el estudio de mercado ya se daba en el siglo XVIII, con investigaciones que buscaban cuales eran los temas o los títulos con mayor posibilidad de venta en la población; la industria editorial también desarrollo otras industrias, como la del papel, la del encuadernado y la distribución, así como nuevas profesiones, como la de grabador, corrector y tipógrafo. Considerar el trabajo y el costo que tiene un diseñador en este entorno pude ser más significativo que el cálculo que pudiera hacerse de lo mismo en los cartelistas, que por lo regular venden más por su nombre que por la calidad de su trabajo.
Por razones prácticas, el libro, y no el cartel, debería ser el objeto paradigmático de diseño.
2 Comments
Aplausos
Me pareció muy bien elaborada tu argumentación y creo que de la forma en que planteas tus ideas no puede deducir que efectivamente el libro podría ser el objeto paradigmático de diseño. ¿diseño de información quizá? Se nota mucho tu enfoque sobre la información textual impresa (como en tu tesis, supongo).
No se si sabes, pero yo originalmente “era” computólogo. En esos tiempos, siempre captaron mi atención los carteles, pero yo siempre pensaba que era un ejercicio “tonto” y que en forma similar a lo que dices, me preguntaba ¿cuál es el supuesto impacto y revoluación del cartel? Conforme me fui adentrando en el “diseño”, fui siendo más tolerante al cartel. Incluso, aprendí a acogerlo como parte de la disciplina gráfica.
Ahora creo que el cartel constituye una forma en la que los mensajes visuales pueden presentarse. Creo que tiene ciertas bondades y obviamente explota ciertas bondades del manejo de imágenes, retórica visual y estética. Aun no me convenzco de que ese sea un medio de “revolución”, “protesta” y “grito”, y hasta la fecha intento “balancear” la carga netamente informativa (lo que sí sirve al usuario) con respecto al “gancho visual” (la ilustración per se). Creo que eso del cartel, tiene que ver con el concepto que está en el imaginario colectivo sobre lo que es el diseño y una deformación, al menos obvia para mi en México, sobre qué se enseña como diseño a nivel universitario/profesional (desde decir sólo “diseño” ahí hay un problema)…. por eso no salimos de “ese bache” donde la diferencia formativa entre lo que hace un profesionista del diseño visual a lo que hace cualquier niño que concursa en el niño y la mar simplemente no desparece.
Ahora con respecto al libro. Okey, estoy de acuerdo como te había dicho. Sin embargo, la definción de objeto paradigmático, al menos restringiéndolo al contexto de diseño de información, no estoy seguro que sea 100% aceptable. Sobretodo que si piensas en información textual, ahora podría ser más relevante la interfaz gráfica de cualquier sistema de información como objeto paradigmático ¿o tu que opinas? Y así uno puede tener diferentes cosas para tomar como punto de referencia (otros pensaran en esquemas y cosas así)… aunque podría tomar tu razomaniento desde la perspectiva de que, si pensamos en términos de diseño visual y comunicación, fuera de la expresión intangible de un mensaje de comunicación, lo escrito pasa a ser lo más importante y por ende, la tipografía y los medios en los que se aplica, es la base para construir cualquier mensaje.
En fin, ya me estoy mareando.
Saludos!
EL problema con el cartel, es que en estos días, ya no es viable pagarle a un artista para que lo produzca. Casi todo cartel celebrado en los libros de diseño es litográfico, y fue pagado o por el Estado, o por grandes empresas o por otras instituciones de gran peso político y económico. Por eso todos vendían algo o eran propaganda. Lo mismo se puede decir de los comerciales de televisión (y cine), que son su evolución natural.
Los carteles que encuentras hoy en pueblitos como el mío o incluso en ciudades como Puebla, son más parecidos a los del siglo XVI que a los del siglo XIX y principios del XX: pequeños pliegos, de pequeñas imprentas, con el texto suficiente para cumplir su cometido, y tal vez alguna imagen alegórica, pegado en algún portal, o en la entrada de una iglesia, o en postes y esquinas. Los artistas están ahora en los motion graphics (y ahí están los nuevos aplausos y la historia progresista del diseño gráfico), donde $í es viable recompensar bien el “talento”.
La propuesta de que el libro debería ser el objeto paradigmático del diseño (gráfico) parte de dos hechos importantes:
1. Hasta hace algunos años, todo producto de diseño gráfico ha salido de la imprenta, y aunque no todas las imprentas producen libros, todas tienen imbuida la “esencia” del diseño de libros: en su lenguaje, en su método de trabajo, en la forma de entregar el producto, en la manera de cobrarlo, etcétera. El libro fue el primer producto de la imprenta, y tal vez sea el último (antes de que las pantallas saquen a las imprentas del negocio).
2. El libro es el producto de diseño con el “lenguaje técnico” más preciso: obras religiosas, filosóficas y científicas, pueden ser citadas con una exactitud sólo igualada por la medicina al hablar de una dolencia en particular, y aún los códices anteriores a la imprenta, no escapan a la catalogación física de un buen bibliófilo, que sabe de encuadernaciones, tipos de papel y métodos de reproducción (y demás detalles). Este lenguaje ha permeado en las revistas, los periódicos, los carteles, e incluso el diseño en pantalla (aunque sólo de manera retórica).
Con respecto al diseño de información, la cuestión es compleja, y yo diría que hasta cómica: innovaciones gráficas creadas por filósofos, administradores, científicos e ingenieros, estudiadas por pintores y diseñadores… qué curioso.
Creo que si un paradigma existe en el diseño de información, debe ser el producto (de información) que “adecúa su lenguaje para lograr un mayor beneficio económico”, idea que está mejor explicada en este link a la primera pieza de piratería que pongo en el blog: http://elcoruco.com/chacharas/informationdesignhistory.pdf
Espero en siguientes post explicar un poco mejor esta propue$ta de di$eño de información
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