Algo anda mal en el diseño mexicano, todos estamos en Foxilandia. Estamos en la tierra del “todo va bien”, del “aquí no pasa nada”, donde no leemos los journals para no amargarnos el día y en el que a todo respondemos “¿y yo por qué?” Aquí en Foxilandia todo es aplausos, y exposiciones, y premios, y engrosamiento de currículos y de cantos a un pasado heroico y un futuro prometedor. Y fuera de eso, todo es silencio que obnubila.
Nadie pone en tela de juicio la metodología de trabajo que propone David Sless, o la simpleza de Nathan Shedroff, o la casi inexistente producción de textos por parte de las escuelas de Diseño, o la mala calidad editorial de las universidades poblanas, o por qué seguimos teniendo como historiador de cabecera a Philip Meggs y no a Henry Petroski, o lo mal que funciona el sitio de la UNAM, o la falta de ética de muchas empresas de diseño, o la carente cultura general de los diseñadores (licenciados, maestros y doctores por igual). Una razón posible es la falta de capacidad crítica, de análisis, que nos hace ciegos a los asuntos de fondo; no sabemos cómo criticar un cartel, una página web, un libro, una infografía, y por lo tanto, esa carencia se transmite a los trabajos de diseño, que se asemejan a lo que se considera bien hecho, pero todo se queda en pura semejanza.
Algunas sugerencias para comprobar lo que digo:
- comparar el diagrama de Nathan Shedroff sobre cómo se va de los datos al conocimiento con la explicación fenomenológica del mismo proceso propuesta por Hubert Dreyfus.
- comparar un libro editado por la BUAP con uno por el Fondo de Cultura Económica.
- hacer el intento por buscar la información necesaria para inscribirse en la licenciatura de Biblioteconomía en el sitio de la UNAM.
- preguntarse si es lo mismo trabajar para el gobierno australiano que para el mexicano.
- revisar qué tan seguido aparecen en los congresos de diseño personalidades que trabajan para una tabacalera, un partido político, un gobierno, una ONG estatal, una biblioteca o alguna televisora.
- comparar el número de entradas en el currículum de un profesor con el número de textos publicados que tiene.
- contar el número de errores de ortografía que hay en carteles, espectaculares, sitios web, folletos y otros productos de diseño cotidianos.
Dice Richard Buchanan que para ser realmente un diseñador, es necesario saber realizar el trabajo de diseño y, al mismo tiempo, poder explicar de manera clara y práctica lo que se hace. Los que sólo cubren el primer requisito, son artesanos, técnicos, chalanes y los que sólo logran cumplir con el segundo, son críticos o teóricos, pero no diseñadores. Como bien lo dice Buchanan, no es posible que como profesión sigamos en las mismas que a principios del siglo XX, cuando los primeros artistas gráficos medraron en el escalafón de las grandes empresas y empezaron a tomar decisiones y dar órdenes, cuando en las escuelas apenas eran concientes de que había la necesidad de profesionalizar el Diseño. Ahora tenemos por lo menos un siglo de historia, profesionistas con una vida de experiencia y maestros que tuvieron a otros diseñadores como maestros. No puede ser que el Marketing, que nació académicamente después del Diseño, tenga un cuerpo teórico mucho más amplio y especializado que el Diseño mismo. Por eso ahora es obligatorio saber qué se está haciendo, porque ya no somos los primeros, ya no podemos seguir inventando la rueda, hay que agregar el cuadro, los manubrios, los pedales y comenzar el avance. Y sin embargo aquí estamos, casi como empezamos, con la confianza de que siempre habrá diseñadores con talento que den la cara por todos los demás, que le den la credibilidad al Diseño que no le ha podido dar la Universidad. Por eso Gui Bonsiepe aseguró hace algunos años que el Diseño es una profesión sin fundamentos, y sin fundamentos, hay poca crítica que valga, y sin crítica no es posible llegar a ninguna teoría que ayude a crear los fundamentos. Esto es un círculo vicioso que nos sigue dejando en las mismas.
Las acciones para corregir esto no son pocas, pero una en especial es fundamental para comenzar a salir: La autocrítica. Reconocer que incluso nuestros diseñadores alfa cometen errores, que hasta al mejor diseñador se le va la liebre. La historia de la Ciencia ha relatado infinidad de errores cometidos por los investigadores más ilustres, y lo mismo las historia de la Medicina, que hasta compilación de errores chuscos tiene. Lo mismo para la historia de la Economía y de la Ingeniería, pero sorprendentemente, la historia del Diseño no los tiene. Todo es éxito tras éxito: Qué buen estilo, qué buen cartel, mejor imposible, qué frescura en el trazo, qué gran idea, perfecta composición desenfadada, sublime… y así nos la hemos pasado casi un siglo ya. La mayor parte de nuestros libros son halagos a nuestra mejor camada de diseñadores, y en nuestros congresos ponemos más atención al que tiene más cuartillas en su currículum, y nuestras clases, poco más que exposiciones de los cánones preferidos del profesor.
La semana pasada se llenó el Facebook de textos enardecidos promoviendo el voto nulo, que porque los políticos, que porque las instituciones, que porque no se vale, que porque no hay quién nos represente. Y para con nuestras otras instituciones, ¿qué vamos a hacer? Cómo le decimos a la UDLAP, a la BUAP, a la UPAEP y la IBERO que no están haciendo un buen trabajo, que no nos sentimos representados por sus planes académicos ni contentos con sus pobres resultados. Por qué no les exigimos a nuestros maestros que publiquen, que investiguen, que se certifiquen. ¿Cómo le hacemos? ¿Cómo tiene que ser ese voto nulo a nuestras instituciones, nuestro pliego petitorio, nuestra parte a cumplir?
Por lo pronto hay que olvidar el triunfalismo y comenzar a reflexionar, porque de otro modo, seguiremos en el año 2000, en el que todos nos creímos salvados por un cambio de nombre en el partido en el poder o por un cambio de nombre en la carrera a estudiar.
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