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Veo nuevamente Spirited Away. Por primera vez, encuentro cierto guiño (muy extraño) a la historia de Hansel y Gretel (“esos dos niños idiotas del cuento”, como dijera Violet Baudelaire). Movidos por la curiosidad, el hambre y la seguridad que da el dinero, los padres de Chihiro (la protagonista de la historia) son convertidos en cerdos después de sentarse a comer (como cerdos), en un puesto que pareciera no tener dueño. La vida de los padres de Chihiro depende de una bruja (como en Hansel y Gretel), Yubaba, quien espera a que estén lo suficientemente gordos para poder cocinarlos. El estómago juega en esta película un rol importante, pues los actos heroicos de Chihiro, están siempre relacionados con la limpieza del organismo (y por qué no decirlo, del espíritu). La misma Chihiro, sólo come arroz blanco (gohan), pan, y té.

El miedo de perder a un familiar en la cocina, me lleva a recordar un libro, Wicked, de Gregory Maguire, que habla sobre la historia de la (Malvada) Bruja del Oeste. Dícese en él que, durante su juventud, Elphaba (la bruja) fue activista de los derechos de los Animales, especie muy similar a los animales, con la pequeña diferencia de que los primeros tenían la misma capacidad de raciocinio que los humanos. Dada la gran similitud con los animales, la gran mayoría de la población tiende a tratar a los Animales de igual forma, como bestias de carga, como mascotas, o peor aún, como alimento. Años después, ya mayor, y con la causa perdida, Elphaba conversa con un Animal que ha sido entregado a su hermana menor (Nessarose, la Bruja del Este), quien le pone al tanto de cómo están las cosas con los Animales:

Querida, tengo las ubres escocidas de sus diarios tirones. Me exprimen la leche por la mañana y por la noche. No entraré en detalles de lo que significa ser montada por un… déjelo, no importa. Pero lo peor de todo es que a mis hijos los han engordado con leche y los han matado por su carne. ¡Podía oír sus gritos desde el matadero! ¡Ni siquiera se molestaron en llevarme a donde no pudiera oírlos!

Muy triste. La verdad es que no sé por qué tengo este libro en la “sección para niños” de mi pequeño librero. Devuelvo el libro de Wicked a su lugar, y tomo ahora un libro del que ya he copiado fragmentos en este blog, Las otras lecturas, conjunto de ensayos sobre el acto de leer, escritos por distintos profesionistas relacionados con la lectura: un físico, un payaso, una titiritera, una dramaturga, un cuentacuentos, una maestra, un músico, un escritor, un actor, y así. En “Los enigmas de la escena teatral”, ensayo escrito por Berta Hiriart, encuentro un párrafo aún más tétrico que el anterior de Wicked:

No tienen idea. La mayoría de los adultos piensan en abstracto. Pero yo me acuerdo como si hubiera sido ayer del dolor que me invadió el día en que llegué del kínder y encontré a mi tía Flora cuchillo en mano destazando a Camilo, el ser más adorable que pudiera existir. Lloré tres días al hilo mientras los mayores no hallaban mejor argumento para tranquilizarme que “Un guajolote es sólo un animal; no tiene nada de malo comérselo, igual que a las vacas o a los puercos”. Esas experiencias sí que te marcan. No sólo me volví vegetariana sino que a partir de entonces me mantuve a una prudente distancia de mi tía. Su imagen con el cuchillo en alto se parecía a una ilustración de mi catecismo, en la que Abraham, con el cabello volado y cara de loco, se encontraba a punto de sacrificar a su propio hijo.

Al releer a Hiriart, me pregunto, entre tantas cosas, cómo es que llegó este libro a mí. La respuesta llega rápido. El editor del libro es Rodolfo Castro, de quién ya había adquirido otro libro, La intuición de leer, la intención de narrar, mismo que llegó, como recomendación de Juan Domingo Argüelles, en su libro ¿Qué leen los que no leen? El poder inmaterial de la literatura, la tradición literaria y el hábito de leer. Excelente libro. Sorprendentemente, también me llegan a la memoria los libros que compré por recomendación de Rodolfo Castro, o mejor dicho, de los escritores que editó: Escribir para niñas y niños, de Berta Hiriart; ¡Qué científica es la ciencia! De Sergio de Régules, y  Los días y los libros, de Daniel Goldin, este último, por ser de la misma colección (Croma Paidós) que todos los anteriores, pues no tenía idea de quién era (o sobre qué escribía) ese tal Goldin. Aunque los tres libros son importantes para mí, el de Daniel Goldin es especial (ya platicaré el por qué en otra ocasión).

Para refrescar mi mente, ojeo una vez más el libro de Goldin, y encuentro, tal vez no de manera casual, que puedo seguir en la línea en la que ha iniciado este post. En su tercer ensayo, “La invención del niño: digresiones en torno a la historia de la literatura infantil y de la infancia”, Goldin habla sobre las versiones originales de las historias de Perrault, que hasta entonces, no conocía:

Sangre a borbotones, violencia física y verbal, deseos perversos, crueldad, incesto, hambre y miseria se encuentran en ellos hasta decir basta, y son expresados de un modo tan crudo, que harían palidecer a buena parte de las puericultoras, maestras y bibliotecarias encargadas de los programas de lectura para la infancia.

Significativamente, casi todas las referencias sobre Perrault, Goldin las toma del libro más famoso de Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, título que tampoco desentona con el terror que uno encuentra en literatura para niños.

Para terminar, he de decir, que para mí Goldin no fue un descubrimiento, sino un reencuentro. Poco me interesan los cargos o títulos de los escritores que leo: mi escritor favorito es un empresario que estudió ingeniería industrial, otro más, llegó a la preparatoria. El tercero no terminó la primaria. Otro más obtuvo una licenciatura en letras inglesas. Y sin embargo, el cargo de Goldin me sorprendió. Descubrí que era el encargado del catálogo infantil del Fondo de Cultura Económica, en el que se incluye la colección “A la orilla del viento”, dedicada a los libros ilustrados, y de la cual nace un concurso anual para crear un libro de la colección, concurso en el que alguna vez quise participar, y por el cual comencé a comprar libros sobre libros, y a conocer más a fondo la literatura infantil, y lo que eventualmente (entre otras razones), me llevó a escribir este blog. Ah, sí, y también me llevó concluir mis estudios, con una tesis sobre la inutilidad del diseñador de información en la literatura para niños.

F I N

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Bloopers

1. En El libro y sus orillas, Roberto Zavala Ruiz, dice lo siguiente sobre las llamadas y notas en un texto: “Las llamadas y notas deben indicarse con números volados, sin puntos ni paréntesis. […] En todos los casos, las llamadas irán después de los signos de puntuación.”

Del mismo modo, Alberto Montaner, en su Prontuario de bibliografía, escribe lo siguiente sobre el método de citas en notas: “Las llamadas de nota aparecen en el texto en forma de número entre paréntesis o, preferentemente, de números arábigos volados, situados en su caso, tras los signos de puntuación.”

Por último, en su Manual de diseño editorial, Jorge de Buen dice lo siguiente sobre el uso del asterisco como (primera) llamada de nota: “Si en una obra aparecen constantemente más de tres llamadas de nota por página, es conveniente ponerlas con números. En esta función, el asterisco puede colocarse suelto: … al pronunciar las vocales,* o entre paréntesis: al pronunciar las vocales (*), según el siguiente criterio: si va suelto, debe ir siempre después del signo de puntuación […]. En cambio, si va entre paréntesis, precede a la puntuación, pero no a la interrogación ni a la exclamación.

Dicho esto, uno no se explica por qué sellos editoriales tan importantes como Joaquín Mortiz, Siglo XXI Editores o Taurus (que no lo es tanto) hacen esto:

Alberto Manguel, Una Historia de la lectura (Ed. Joaquín Mortiz)

Alberto Manguel, Una Historia de la lectura (Ed. Joaquín Mortiz)

Juan Delval, Los fines de la eduación (ed. Siglo XXI Editores)

Juan Delval, Los fines de la eduación (ed. Siglo XXI Editores)

Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (eds.), Historia de la lectura en el mundo occidental (ed. Taurus)     Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (eds.), Historia de la lectura en el mundo occidental (ed. Taurus)

Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (eds.), Historia de la lectura en el mundo occidental (ed. Taurus)

De estos tres ejemplos, sólo en la editorial Taurus parece ser un lineamiento editorial el anteponer la llamada a los signos de puntuación. Para Joaquín Mortiz y Siglo XXI editores, este manejo ortotipográfico es un caso aislado (en otras publicaciones, siguen el canon editorial mencionado al inicio).

2. En Las políticas de lo artificial, Victor Margolin presenta su obra como “una contribución a la literatura sobre estudios de diseño”, y “ejemplo de cómo puede trabajar el experto en el tema”. Desafortunadamente, tanto a Margolin como a sus editores (Designio en español y la University Of Chicago Press en inglés), se les pasó un error garrafal que destiñe un poco la imagen del experto. En su ensayo “Los dos Herberts”, Margolin cambia las palabras (y el sentido) de Herbert Marcuse al momento de citarlo, poniendo:

"Los dos Herberts", en Las políticas de lo artificial, de Victor Margolin

"Los dos Herberts", en Las políticas de lo artificial, de Victor Margolin

En lugar de:

El hombre unidimensional, Herbert Marcuse

El hombre unidimensional, Herbert Marcuse

A cualquiera se le va este tipo de errores, pero el hecho de que el gol se le haya pasado al primer académico en obtener un doctorado en historia del diseño (en Estados Unidos), al editor de una  casa de estudios tan importante y al traductor de la menos importante editorial Designio, ya da una imagen de cómo están las cosas en el mundo de los libros académicos por estos días.

3. Un último caso, es la bibliografía del artículo “National Currency as Rhetoric: The Peso”, publicado en Visible Language volumen 32, tomo 3 (1998), escrito por una ex profesora de la UDLA, Martha Salazar. (Cabe mencionar que este número está coeditado por otra –excelente- ex profesora, María González de Cosío.) Veámosla:

“National Currency as Rhetoric: The Peso”, publicado en Visible Language volumen 32, tomo 3 (1998)

“National Currency as Rhetoric: The Peso”, publicado en Visible Language volumen 32, tomo 3 (1998)

Lo primero que hay que notar, es el pochismo que reina en las tres entradas, pues tanto el título de la primera, como el lugar de impresión de la primera y la tercera, así como la descripción de la segunda, están escritos parte en español, parte en inglés (Historia del papal moneda in México; Mexico, D.F.; Volume 9. Tercera Edición).

El siguiente detalle a notar, es cómo inicia la segunda entrada, por el año de publicación, lo cual a todas luces es incorrecto. Dice Alberto Montaner que, en el sistema de citas “autor y año” (también conocido como sistema Harvard o sistema norteamericano), se puede poner, en la lista de referencias, el año de publicación después del nombre del autor, esto, para facilitar su consulta. En el caso de la segunda entrada, no es que no tenga autor, sino que más bien, tiene varios, y ninguno (supongo) es el responsable de organizar la obra, por lo que el título de la obra debería encabezar la entrada, antes del año de publicación, pues de otro modo, entorpece su indexación.

Para notar el tercer detalle, es necesario remitirse al texto, donde  no hay una sola referencia hacia el Bulletines, del Banco de México, por lo que, según las reglas editoriales de Visible Language, debería ir aparte, en una lista llamada “Additional Bibliography”.

Al igual que en el ejemplo anterior, estos detalles escaparon a varios académicos: a una maestra en teoría del diseño por la UDLAP (Martha); a María de Cosío, directora de esa maestría (que también tenía el grado de maestra en teoría del diseño y otro más en enseñanza del arte); a Sharon Helmer Poggenpohl, profesora del Illinois Institute of Technology y editora del journal; y a toda una lista de revisores entre los que están Aaron Marcus, James Hartley, Patricia Wright, Charles L. Owen y otros veinte que más bien son prestanombres, no revisores de verdad (o igual y no siempre son los mismos, aunque en ese caso, no debería incluírseles en la lista).

Quedo a deber una reflexión sobre estos “detalles”, y dejo solamente una dedicatoria:

A nuestros maestros que reprobaron la prueba para asignación de plazas, que son casi el setenta y cinco por ciento de los que aplicaron. Bien muchachos.

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Y luego, ¿qué?

Hoy presento aquí el primer post patrocinado, y el nombre del benefactor es Victor Alejandro Brizuela García, buen amigo de todos los diseñadores de información (y también de los demás diseñadores), quien ha compartido su tiempo y su conocimiento para hablar un poco sobre teoría y diseño, así como para dar algunas recomendaciones de lectura y de prácticas. De igual modo, este es el primer post que puede “leerse” de dos maneras: leyendo las siete cuartillas de texto que contiene, o sólo leyendo las preguntas que le hice (o que medio le hice, y que él pudo descifrar) y escuchando la respuesta mediante el link que se encuentra bajo cada pregunta (que en total son como veinte minutos, y donde de vez en cuando se escucha la voz como de una ardilla, que es la mía).

Aprovecho este espacio para agradecer “al profe” por su tiempo, y para aclarar que si hay errores en el texto, son todos míos, pues cuando uno habla no se pueden cometer errores de redacción, ni de ortografía, ni de otros tantos que seguro por ahí aparecerán. En fin, vayamos con la “entrevista”.

1. En enero del 2001, entra la segunda generación de estudiantes de diseño de información a la Universidad de las Américas, y como jefe (en ese entonces) del departamento de Diseño, eres el encargado de darle la bienvenida al nuevo grupo. A casi diez años de tu discurso de bienvenida, aún recuerdo una de tus advertencias: En el diseño de Información, hay poca teoría (o ninguna), y tal vez, algunos de ustedes tendrán que escribirla. ¿Qué me puedes decir sobre esto?

Primera respuesta de Alejandro

Mira, tenemos que ubicar el discurso en su contexto; yo estaba hablándole a un grupo de estudiantes de nuevo ingreso a la universidad, que iban a estudiar a una carrera nueva, de la cual incluso los mismos estudiantes no estaban seguros de su contenido, de su proyección , de su objeto. Entonces, en ese momento el discurso sirve un poco para cuestionar al estudiante y al mismo tiempo para motivarlo un poco o al menos tratar de hacerlo, pero también sirve para prevenirlo: no todo está hecho, hay que hacer cosas nuevas.

Cuando yo hablaba de la teoría del diseño de información, me refería específicamente al diseño de información como objeto de estudio. El diseño, desde que empezó a ser diseño en la Bauhaus, se ha alimentado de muchos campos teóricos, que no necesariamente son propios. No necesariamente existe o existía en ese momento el campo teórico del diseño. ¿Quién hacía teoría del diseño en realidad? De hecho, yo la sigo cuestionando, ¿qué es la teoría del diseño?

Diseñar es configurar elementos para un objetivo específico, para la realización de un objeto, que puede ser cognitivo o físico, y en ese sentido, el diseño es área común a munchas disciplinas: los abogados hacen el diseño de un caso; los diseñadores gráficos hacen el diseño visual de un objeto que supuestamente carga un mensaje; los arquitectos ni se diga. Entonces, la teoría del Diseño en esos términos, tendría que ser la teoría del acto creativo o la teoría proyectual. Ahí tenemos un primer campo teórico.

Más que de teorías, nos hemos alimentado de historias que vienen del arte, un poco de la sociología e incluso algunas de la antropología. Últimamente (y afortunadamente), se han incluido las teorías de los textos, que incluyen un campo muy amplio, que viene desde la lingüística hasta las semióticas. (Que tendríamos que hablar en plural, porque no podemos decir que existe una semiótica o una semiología, hay muchas.) Hay incluso algunos acercamientos que no son pertinentes para lo que hacemos en el Diseño de Información, y que últimamente nos ayudan a entender que lo que hacemos son textos, que se insertan en el ámbito de la información y como tal, tenemos que analizarlos, entenderlos, cuestionarlos.

2. Sobre los estudios teóricos del diseño, ¿tienes algún ejemplo en particular, algún autor, alguna metodología que pueda ilustrar lo que podría ser la teoría del diseño?

Segunda respuesta de Alejandro

Un ejemplo es Gui Bonsiepe, que a finales de los sesenta fue el primero que toma la retórica para analizar los mensajes visuales. (O por lo menos se dice que fue de los primeros, tiene que haber ahí un grupo de personas que hayan hecho eso, pero por lo menos a los diseñadores, es el texto que nos llega.) Gui Bonsiepe dice: yo como diseñador y que he estudiado la cuestión de la comunicación, entiendo y he descubierto que puedo aplicar los conceptos de la retorica clásica, y la retorica moderna incluso, para entender cómo están configurados los mensajes visuales. Y entonces lo que hace en este primer libro de retórica que publica,  explica formalmente (en términos de forma) cómo se aplica la retórica en el mensaje visual. Digo en términos de forma, porque realmente la idea era ver cómo las metáforas, los tropos y todas las figuras retóricas se aplican, y hacer ejemplos más analíticos que constructivos de los mensajes visuales.

3. Hablando de Gui Bonsiepe, hay que decir que en algún momento hace del término interfaz (y de la interfaz), un área de trabajo importante para el diseño, y pareciera que, después de la retórica, es el siguiente paso en sus estudios sobre Diseño. ¿Qué me puedes decir al respecto?

Tercera respuesta de Alejandro

Mira, yo no soy un gran estudioso de Gui Bonsiepe, y lo he criticado incluso en algunos conceptos. En primer lugar, lo respeto mucho porque fue mi profesor, yo tome clase con él, y también lo respeto mucho porque es un pionero. Podemos estar de acuerdo o no con lo que dice, pero de entrada uno debe respetar el trabajo de los demás, porque se atreven a hacerlo, se atreven a proponer, están haciendo cosas nuevas. Que estés de acuerdo o no es otra cosa. Eso te lo digo porque luego somos muy propensos a descalificar así, sin más. Yo de entrada respeto, porque el trabajo es trabajo. Gui trabajó mucho tiempo en algún proyecto de ingeniería en sistemas. En su trabajo en Brasil, Chile, Argentina y Alemania, se junta mucho con gente de sistemas, yo creo que ahí comienza a cuestionar el tema de la interfaz.

En Gui veo dos cosas, primero, sobre la interfaz, me parece un concepto sumamente aplicable al diseño de información; pero, por otro lado, se queda un poco corto en su explicación desde mi punto de vista. En primer lugar, hay como “faltas de ortografía” en el uso de Gui, porque hay una traducción directa de interface del inglés (con ce o con ese). Si  estamos hablando de cara, faz, en español es con zeta, entonces tendría que ser interfaz; si estamos hablando de etapas (algo que está entre dos etapas), estamos hablando de fases, con ese, entonces sería interfase. Pero Gui habla de cara, es decir, la cara que tú das, lo que tú lees, con lo que te enfrentas para poder leer algo; entonces, tendría que ser interfaz, y en plural tendría que ser con ce, interfaces.

Los mensajes visuales son interfaces entre alguien que quiere decir algo y un lector, un público, un usuario. Es como la pantalla de la computadora, que te permite una traducción de todos los datos que está procesando (en forma binaria), que  convierte en un lenguaje, en  este caso visual, textual, que el usuario puede entender. Y en ese sentido, se convierte en una interfaz. Te das cuenta de que la interfaz lo que maneja son lenguajes, y en la visión de Gui, la interfaz es como un traductor, esa la primera acepción.

La segunda parte de Gui (como diseñador industrial), es que la interfaz es lo que permite un acoplamiento entre dos objetos, o entre lo humano y un objeto para poder realizar una acción. Esa interpretación me gusta muchísimo más, porque entonces, dice,  lo que diseñamos los diseñadores es la interfaz, pero como ese espacio de acoplamiento estructural: cómo le hago para que estas dos cosas se acoplen. En ese sentido, un automóvil es una interfaz, y yo físicamente, con  mi estructura ósea, biológica  y antropométrica, me meto al coche, me acoplo a ese aparato, a ese objeto (porque además está diseñado ergonómicamente, o pretende estar diseñado ergonómicamente), y de pronto me hago parte del coche, yo ya soy uno con el coche, porque hay esa zona de acoplamiento estructural que es el asiento, con el volante, con todos estos elementos, es decir, ese habitáculo que me permite manejarlo, y tan me acoplo que hasta conceptualmente lo hago mío:  yo digo dónde me estacioné, no dónde estacioné el coche. Te haces uno solo con el auto porque hay una zona de acoplamiento, que permite que haya una interacción para lograr una acción. Gui dice que es la acción eficiente, en este caso, es transportarte de un lugar a otro. Y (en este sentido) podríamos hablar de muchas interfaces, que son mucho  más claras en el diseño industrial.

Cuando yo tomo este concepto, que me gusta más de acoplamiento, y trato de ponerlo el diseño de información, encuentro que el término de interfaz se convierte en el mediador. El objeto de información tiene que ser un mediador entre el usuario y lo que quieres comunicar, y si lo entendemos así, entonces la interfaz tendría que ir más allá de cargar la información, tendría que proveer esa zona de acoplamiento de la cual habla Gui. Es ahí donde proponemos que el diseño de información es más que el diseño gráfico: no podemos diseñar solamente el mensaje visual, para bajarlo, no podemos diseñar el cartel en términos gráficos, la revista en términos gráficos, el logotipo en términos gráficos. Cuando me refiero a términos gráficos, es que podemos hacer una excelente síntesis visual de un pelicano y ponerle una tipografía que vaya muy adecuada y combine, etcétera. Ahí estamos haciendo diseño grafico, diseño visual, es decir, el objeto visual es coherente en sí mismo, tiene un sistema visual claro, tú puedes ver que tiene una estética completa; en ese caso, hay una isotopía visual, los elementos se corresponden. (Ahí tendríamos que leer a Luhmann en su teoría del arte, donde dice que la obra de arte tiene que tener un sistema claro de sí mismo, y haciendo referencia a Jackson Pollock dice: bueno, es que la gotita de Pollock tenía que caer en ese lugar y no en otro, y el chorrito que parece que es totalmente azaroso, no lo es, la misma obra te va pidiendo donde lo tienes que poner.) Al diseño grafico yo lo veo en ese sentido.

Pero, ¿qué pasa después? Esa zona de acoplamiento implica una interacción, y esa es la palabra importante. Y luego, ¿Qué haces con ese objeto [de diseño]? yo puedo tener un logotipo precioso, que gana premios en las revistas de diseño, ¿y?, ¿cuál es la interacción de esa imagen con la verdadera identidad de la empresa?, por ejemplo, ¿cómo es que los empleados de las empresas se apropian de esa imagen?, ¿qué hacen con ella?, ¿la hace suya en términos de pertenencia?, ¿genera realmente una identidad en términos de “yo me identifico como grupo y me diferencio de los demás”?, ¿realmente es un estandarte claro con el que yo rivalizo con la competencia? Y entonces es cuando te cuestionas: bueno, si es todo eso, ¿cuál es la importancia de su configuración visual?

Tenemos logotipos que visualmente son espantosos, pero que funcionan de manera excelente. Como ejemplo pongo el de una empresa mexicana, transnacional, que factura miles de millones de dólares en todo el mundo, que hace presas enormes en Brasil, Colombia, España y México: ICA, Ingenieros Civiles Asociados. Su logotipo es un espanto, es una i, una ce y una a rodeada por un cuadro, es decir, inserta en un cuadrado. Mal trazada además. Bueno ¿y?, ¿eso la va a hacer facturar menos? Ahí es cuando podemos empezar a cuestionar. ¿Podemos hacer la interfaz?  Claro, esa interfaz-logotipo me va a decir que esa empresa se llama ICA, y ya, hasta ahí llegó ¿Pero luego qué? Entonces es cuando digo que más que interfaz, lo que hacemos son objetos mediadores. (Y ahí nos tenemos que meter más a la teoría de la mediación, porque la mediación implica ya una interpretación. La interpretación está dada por el contexto y por todos esos elementos que hacen que los lectores, usuarios, público, interpreten las cosas. ¿Cómo le hacen para que interpreten las cosas?, ¿con qué interpretantes, como diría Pierce, vamos a darle significado a este asunto?, y ahí entonces me gusta mucho un teórico francés que se llama Antoine Hennion, que habla de la mediación y cómo este proceso mediador es el que produce y genera los significados en ciertos momentos.)

4. En la mediación, sobre cómo la gente se apropia de un símbolo o lo desecha, sobre cómo va a relacionarse con otros símbolos, o en el caso de la imagen una empresa, cómo se va a adoptar tal o cual diseño dentro de ella (o fuera),  me parece que es una cantidad muy grande de variables, y sería ilógico esperar que uno o incluso una gran cantidad de diseñadores, pudieran siquiera poner por escrito todas las variables que intervienen en la mediación, y más aún, determinar qué le toca a cada variable en la tarea de apropiación de un símbolo. ¿Realmente un diseñador podría, al momento de fabricar el símbolo, estar consciente del futuro resultado de su trabajo?

cuarta respuesta de Alejandro

La respuesta es sí y no. En primer lugar, celebro ese cuestionamiento: Es imposible tener el control de todas las variables en el proceso de interpretación. Y sin embargo, la mayoría de los profesionistas te pueden asegurar con un contrato que el proyecto que están realizando va a servir. El ingeniero tiene que hacerse responsable de que el edificio que construye no se va a caer, y si se cae, lo demandan, y pierde su licencia de ingeniero. Ahora, ¿cómo le hace un diseñador de información para asegurarle a su cliente que los mensajes que está produciendo van a ser adecuados y van a ser interpretados de la mejor manera?. Ahí es donde sí hay procesos, aquí la gran falacia es que pensemos que todo es completamente subjetivo y originado en la inspiración creativa del diseñador.

El diseñador debe tener procesos claros. No se pueden controlar todas las variables, eso es  imposible, pero lo  que sí puedes hacer, es tener el entendimiento claro, en primer lugar de que va a haber múltiples  interpretaciones, y segundo, puedes tener herramientas de investigación serias para medir qué es lo que está pasando con los objetos que estás diseñando. Ahí entras en un proceso iterativo. Como no puedes controlar lo que una persona va a pensar, o cómo va a usar lo que le estás dando, tu objeto de información, lo que sí puedes hacer es estarlo censando, midiéndolo de manera cotidiana. Es por eso que los diseñadores de información debemos tener herramientas de investigación. (Afortunadamente, los diseñadores de información que estamos sacando actualmente en esta universidad, saben hacer encuestas, saben valorarlas, saben hacer observación, hacer entrevistas,* saben codificar una entrevista, saben qué hacer después con esos datos, saben analizarlos. Les estamos dando una serie de técnicas y metodologías de investigación cualitativas que les permiten por lo menos tener un acercamiento en censar qué es lo que está pasando con esos objetos.) En este sentido, el diseñador de información sí podría ser capaz de poner por escrito que lo que está haciendo va a funcionar, porque sabe lo que la gente está haciendo con su trabajo de manera general.

El diseño de información se vuelve parte de la cultura, y como parte de la cultura es muy difícil de medir, pero sí es posible en ciertos usos, en ciertas prácticas. Tenemos muchos ejemplos, en la mercadotecnia han avanzado mucho en ello, lo malo (que no me gusta de los instrumentos usados por la mercadotecnia), es que son demasiado cuantitativos (es lógico), ahí se busca el mayor ingreso, no la mayor comunicación. Utilizar herramientas cuantitativas para medir qué está pasando es adecuado, pero a nosotros no nos interesa, como diseñadores de información (aunque nos debería interesar a fin de cuentas, pero eso es parte de la mercadotecnia), cuánta gente compra y cómo compra, nos interesa cómo interpreta y qué está interpretando, y luego, cómo se está apropiando, que está haciendo con el objeto y como lo está compartiendo, interactuando y comunicando con los demás. Y lo que está haciendo en ese movimiento es generar cultura, el diseño de información es un generador de cultura. Y por eso mi pelea con todos los diseñadores, seamos éticos, entendamos que estamos generando cultura.

Cuando pongamos a tres güeritos en un cartel espectacular en Puebla para anunciar un jugo, cuestionemos, por qué estamos poniendo a tres güeritos y no a tres mexicanitos morenitos. No quiere decir que no haya mexicanos güeritos; sí, sí hay, pero por lo menos en Estados Unidos hay hasta leyes en que la publicidad, de alguna manera, tiene que retratar la diversidad racial y étnica que conforma ese país, por eso a veces hasta chisto es ver cómo los publicistas hacen malabares para que esté un negrito, un güerito, un latino, a la hora de proponer su publicidad. Sí se pueden hacer cosas. Yo no digo que podamos decir “todos van a interpretar las [mismas] cosas”, no, eso no se puede, depende de si el tipo desayunó o no desayunó cómo va a interpretar, eso no lo podemos controlar, pero sí podemos ir midiendo cómo se está apropiando de ese símbolo, esa señal, ese mensaje, esa revista, esa página web, o lo que tú hayas producido socialmente y cómo la puedes ir cambiando o mejorando a partir de ese censo que vas haciendo continuamente.

5. Hablando de inspiración, Donald Norman, quien durante mucho tiempo centró su investigación únicamente en el uso de los objetos y en cómo diseñar en base a ello, llegó a decir que todo error de uso, correspondía a un error en el diseño (que es casi como decir que el diseñador controla en todo momento los efectos de su diseño), y sin embargo, en su libro Diseño emocional, hablando del diseño de objetos, hace la distinción entre la mejora y la innovación, dejando la primera a la investigación, y la segunda a la visión creativa, es decir, a la dirección de un visionario. Ejemplo de este segundo grupo, son los fundadores de las empresas de software, quienes, por lo regular, se relacionan con las grandes empresas más en términos de alianza o compra, que de competencia (hasta que se vuelve grande y entonces empieza la competencia), debido tal vez a que aún con mayores recursos, le es difícil a la gran empresa saber hacia dónde se dirige una gran idea (o producto, o servicio innovador). Sobre esto, a la investigación (o innovación) en el diseño, ¿cómo se aprende o qué espacios se le dan aquí en la universidad (UDLAP)?

Quinta respuesta de Alejandro

Creo que Norman se enfrenta a algo que nos sucede a los que hacemos cosas. (Iba a decir creativas, pero precisamente estamos ahora satanizando el término, para el punto especifico de esta pregunta, por lo que habría que cuestionarlo y ponerlo en la silla del acusado.) Cuando tú estás analizando un proceso, en este caso (Norman) el proceso creativo, encuentras tantas variables que llegas un momento en el que entras en un impasse, y Norman hace lo que todos los científicos, lo explica a partir del paradigma que está manejando. Y esto que puede sonar como a comercial, pero tenemos que cambiar de paradigmas. Es muy difícil cambiar de paradigmas, porque estos son estructuras mentales, y lo que te dan son estructuras de estabilidad; uno psicológicamente tiene que estar estable a partir de una estructura cognitiva, una manera de ver el mundo, una estructura moral inclusive, para poderte comportar en sociedad, y cada quien  toma las estructuras que les son cómodas (lo cual no quiere decir que sean las únicas). Los científicos también se aferran a paradigmas científicos, es decir, como [Norman] no puede explicarlo de otra manera, se aferra a su formación (cualquiera que sea), y de pronto ya no puede ir más allá, y verlo desde otro punto de vista. No hay que culparlo, hay que leer a otros autores, después comparar, y [tal vez] su visión, a lo mejor la cambia [después].

He leído a Roland Barthes, que es un autor impresionante, y en un libro, o en algunos libros de los sesenta, en algunos artículos, el sí hablaba del grado cero del lenguaje en la fotografía. Decía que ésta era un lenguaje directo, no mediado, y lo ponía como lo único que podemos decir que “es directo y no existe mediación alguna”. Después, él mismo se da cuenta de que no. En el mismo momento de encuadrar ya estás haciendo una mediación, ya estas escogiendo lo que vas a enseñar y lo que vas a dejar fuera. Entonces, no es que captures la realidad tal cual. Se retracta, y luego sus libros diferentes y habla del tema de otra forma. Yo creo que a todo mundo nos pasa.

Creo que sí hay formaciones, y  que a veces una persona puede resolver y tener mejores visiones que otra, pero esto no quiere decir que  sea más creativo,  quiere decir que está más preparado, tiene de pronto más sensibilidad para captar cosas que otros no pueden. Pero esto pasa en todas las carreras, por qué hay mejores músicos que otros, por qué hay mejores ingenieros, por qué hay mejores abogados que pueden resolver problemas de una manera más novedosa, que no se le había ocurrido a nadie. (Eso lo estudia Thomas Kuhn en  su libro de La estructura de las revoluciones científicas, cómo es que vemos esas soluciones.) Pero los paradigmas no se tienen, se adquieren, y lo importante no es tener el paradigma o saber quién está usando un paradigma u otro, lo importante es la capacidad que tiene el individuo de hacer relaciones entre diferentes conceptos. Yo puedo conocer un fenómeno y conocer el otro, pero si no soy capaz de generar una relación entre ese fenómeno y el otro, no me sirve de nada conocerlos. Entonces, ¿quién es más creativo?, pues el que está más informado, el que tiene más conocimiento y es capaz de hacer esas relaciones. Yo puedo poner dos fenómenos y a un lego le pueden parecer interesantes, pero alguien que conoce la estructura profunda de ambos fenómenos, va a decir: mira, están compartiendo la misma estructura, y eso es lo que hace la diferencia. Te hace ver más allá.  (De hecho hay una meta visión, que es lo que a lo mejor tiene Steve Jobs, conoce muy bien cuál es esta estructura, y para él es transparente, como si tuviera una visión de rayos laser, ve cosas que otros no ven, pero no porque sea un don o porque sea divino o porque sea parte de la inspiración, sino porque ha sido capaz de estudiar, preparase, tener una visión -que a lo mejor también heredo de sus padres- o su contexto se le permitió.)

Y que las empresas contratando visiones completas (individuo incluido), no me parece mal, se están ahorrando tiempo dinero y esfuerzo. Aquí en el diseño de información, lo que tenemos que pelear es que nuestros diseñadores que se gradúan, tengan la posibilidad de ir construyendo esas visiones. Algunos lo van a hacer mejor que otros.

Lo que tenemos que empezar diciendo, es que un diseñador de información tiene un objeto de estudio. El primer paradigma que se rompe es que el diseñador de información no estudia la imagen y su configuración, sino que estudia la información, la manera en que ésta genera significados en un ámbito social. Si nosotros nos quedamos pensando que la imagen es nuestro objeto de estudio, seguiremos siendo diseñadores gráficos basados en las técnicas de representación y las técnicas de reproducción. Hay muchas escuelas que ofrecen licenciaturas en diseño grafico, que pagas cuatro o cinco años de estudios universitarios, y lo que te están dando es educación técnica, te están enseñando a dibujar, a copiar, a sintetizar la imagen, a organizar la forma, a combinar la forma, la tipografía, y después te enseñan todas las técnicas de reproducción, la serigrafía, el offset, las técnicas de reproducción electrónica. Bueno,  ¿y eso hace un licenciado universitario? Yo creo que no. Para el conocimiento técnico, es más fácil usar un libro o tomar un curso, y no pagar millones por aprender este tipo de habilidades.

El objeto de estudio del diseño visual o diseño de comunicación visual,  o diseño de información visual, es la información, y a partir de ahí, sí tenemos muchas herramientas teóricas, y metodológicas para estudiar la información y sus procesos. Ahora, ¿qué nos diferencia de los comunicólogos? Lo que pasa es que ellos estudian el fenómeno una vez que la configuración del mensaje está dada, pero nosotros tenemos que ser expertos en configurar la información, en diseñar la información, esto nos abre puertas. (Por ejemplo, en esta universidad, tenemos que hacer más énfasis en que sí utilizamos el lenguaje visual, porque es 90% de la comunicación a través de la visión y somos expertos en la configuración de los objetos visuales, pero también tendríamos que ser expertos en otros lenguajes, como el escrito, el hablando, el lenguaje sonoro -aunque se use menos-.)

*menos yo

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Del objeto de diseño

Sin el amor a los objetos se cae pronto en la barbarie, afirmó Alfonso Reyes. “La materia en sí es cosa grande, y -observa William James-hay operaciones de la materia que valen por muchas del espíritu: una sola chispa eléctrica es mejor que varios discursos de un imbécil.” No hemos de estar contra las piedras, dice Reyes, que son cosa noble y sencilla. Contra lo que hay que estar, es contra los cerebros que se petrifican. Y más aún, si las piedras quisieran hablar, ¿Quiénes somos nosotros para hacerlas callar o apedrearlas? Nadie. “Los hombres se han arrodillado siempre junto a las piedras que hablan, y aún podemos creer que tal es el origen de las ciudades, ahora vagamente recordado por las estatuas ecuestres de los héroes.” Los niños, que tienen entre todos el sentido más puro del mundo, pueden dar fe de esto. Son ellos los que siempre se han parado “extáticos y adorantes, ante las fuerzas que se superan, ante el pájaro que habla, el árbol que canta, y el agua de siete colores que sube al cielo”.

Cuando se deja de ser niño (o ver como niño), cambia la técnica para percibir la magia de los objetos y la materia: Uno debe acercarse al objeto con “la reverencia del devoto y la fina apreciación del artesano”. Obligado por sus hombres, para obtener su pago correspondiente, Cortés envía el tesoro incautado a Moctezuma (brazaletes, collares, cetros, abanicos decorados con plumas multicolores, insectos y flores finamente cinceladas), a los orfebres de Azcapotzalco, para convertirlo en lingotes estampados con las armas reales. La respuesta de los orfebres aún puede leerse en el Museo del Oro de Santafé de Bogotá: “Maravíllome de vuestra ceguera y locura, que deshacéis las joyas bien labradas por hacer de ellas palillos.” Igual indignación debieron sentir algunos editores, autores y libreros cuando Vicente Fox rechazó la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, “argumentando” que el libro es una mercancía como cualquier otra, y que por lo tanto, debía estar sujeta al libre mercado. Para el artesano, un producto jamás es una simple mercancía, la dificultad de su entrenamiento impide tal  reduccionismo.

Una pequeña familia de teteras, hicieron que Donald Norman viera en el objeto más que funcionalidad. Hicieron que se viera a sí mismo como consumidor. Por otro lado, la historia del lápiz, del libro, del automóvil o del cartel, es siempre más interesante que la historia del Diseño mismo, la cual difícilmente va más allá de ser una lista de trabajos canónicos o de casos de “éxito”. La mejor relación que puede darse entre diseñador, el objeto y el usuario, no es la de productor a comprador, sino la de consumidor a consumidor.

Fuera de la complicidad de consumidores que se da entre el diseñador y el comprador final, poco hay que pueda valer la pena. Ahí están los mercadólogos, que coleccionan distintas cabezas (targets) para su pared. También los diseñadores que creen que pueden hacer “de todo”, desde libros hasta páginas web, desde estampar playeras hasta ilustrar libros científicos; hacen libros que no leen, páginas que no visitan, playeras que no usan y hablan de ciencias que no conocen. No importa que le echen ganas, el infierno está pavimentado con buenas intenciones. De igual modo, fuera están los mercenarios (mal llamados diseñadores), más interesados en satisfacer a su jefe o contratista que al consumidor final. Hace algunos años, uno de mis mejores amigos, “el roach”, se quejó de la pésima calidad de los textos (plagiados) con los que tenía que producir un interactivo. A la fecha, jamás ha salido en la revista de Exaudlas por haber tenido el valor cívico de protestar, aunque sí “el jefe”, quien después de decir “así están todos”, le informó que estaba despedido. Así no dan ganas de salir en esa revista.

Al menos desde mi punto de vista, el verdadero interés del diseño está en el objeto terminado, no en el proceso ni en los resultados. Respecto al proceso, ya se ha visto que la única manera de resolver las cosas es resolviéndolas, así, de sopetón, lo demás son ajustes, nada de pienso y luego existo, sino más bien, somos en la acción (dasein), antes de eso, no hay diseño sino reflexión (que también es importante). Por parte de los resultados, habría que recordar lo que dice George Nelson sobre la función del diseño:

[El Diseño] no puede transformar una pequeña vida gris en una llena de color -sólo la persona que vive su vida puede hacerlo. No es una vitamina ni una medicina. Este alcanza su máximo potencial cuando lo experimenta una persona que está completamente apta para entender y disfrutar lo que se le está comunicando. Pero tal persona no lo necesita para enriquecer su vida, porque su vida ya lo es.

[...] El propósito del buen diseño es ornamentar la existencia, no sustituirla.

Al final de una conferencia sobre el diseño de protesta, alguien le pregunta a Chaz Maviyane si conoce la efectividad de su diseño. Años antes de la pregunta, Alberto Manguel aventura una respuesta:

No creo que un texto, cualquier texto, por brillante y conmovedor que sea, puede afectar la realidad de los que padecen sida en Sudáfrica. Tal vez no haya ningún poema, por poderoso que sea, que pueda aliviar una pizca de dolor o transformar un solo momento de injusticia. Pero tal vez tampoco haya ningún poema, por mal escrito que esté, que no pueda contener, para su lector secreto y elegido, un consuelo, un llamado a las armas, un resplandor de felicidad, una epifanía. Hay algo en la modesta página que de una manera misteriosa e inesperada, nos permite, no la sabiduría sino la posibilidad de la sabiduría, atrapada entre la experiencia de la vida cotidiana y la experiencia de la realidad literaria.

Hay que agradecer que aún quedan diseñadores que le tienen fe a los objetos (y a la poesía).

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À León Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños.

Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A León  Werth
cuando era niño.

Hace un par de días, en la Wikipedia en español, fue modificada la entrada de Coraline: se borró el segundo párrafo de la misma, que decía:

Adaptación y significados

Coraline es una adaptación del cuento La casa de caramelo, mejor conocida como Hansel y Gretel que los hermanos Grimm estilizaron. Coraline no es realmente un libro para el público infantil. Tampoco puede decirse que posea grandes significados ocultos, tanto así que un niño o un adolescente no lo entiendan.

Se nutre igualmente de la Caja de Pandora para componer su mitología.

El anagrama Coraline con Caroline es un indicativo claro de que su realidad está modificada.

La razón por la cual se quitaron estas líneas no se sabe, no hay discusión al respecto, aunque se agradece, no tenían razón de ser. Antoine de Saint-Exupéry no se equivocó al decir que hay que ser capaz de comprenderlo todo, de recordar que se fue niño alguna vez, y de saber de lo qué se trata el hambre y el frío para poder entender los libros para niños. Tal vez por alguna carencia de lo anterior, toda la riqueza de Coraline, le pasó de noche al Wikipédico escritor.

En la Guía de libros recomendados para niños y jóvenes 2006, uno de los criterios de selección es el siguiente: “Los libros que nos invitan a acudir a otros libros, que nos llaman a visitar el museo, adentrarnos en el bosque o explorar el jardín de una manera impostergable [...]“. Coraline cubre este criterio perfectamente, pues para quienes recuerdan que alguna vez han sido niños, la película es una invitación a bajar saltando las escaleras; a volver  reñir con las alfombras; a llenar una maleta con herramientas y salir a explorar el bosque, o el patio (o los condominios de enfrente); a ir al circo y comer algodones de azúcar y palomitas; a cuidar un jardín (o a desear uno); a construir una marioneta o a aprender a construirla. Y esta lista no es exhaustiva.

Hay que recordar que se fue niño para asustarse con gusto con Coraline. No son los insectos, o los extraños, o las crisis económicas o los grandes monstruos lo que asusta a Coraline, sino temores más elementales, que muchas veces olvidamos que existen: el hambre, el frío, la imposición, la ausencia de nuestros amigos o de nuestros padres, el caer a un pozo, el estar encerrado, la impotencia de no poder ayudar a otros o a nosotros mismos. Por eso Coraline se siente atraída por un olor muy rico, y con lo que intenta comprarla la “otra” mamá, es con abundantes platos de comida y dulces. El hambre en los cuentos para niños, es siempre una crítica social, como dijera Alberto Manguel:

[...] en una sociedad democrática, antes de que la posibilidad misma de aprender a leer pueda ser tomada en consideración, las leyes de dicha sociedad están obligadas a satisfacer un número de necesidades básicas: alimento, vivienda, cuidados médicos. En un ensayo conmovedor [...], Collodi tiene esto que decir sobre los esfuerzos republicanos para hacer efectivo un sistema de escolarización obligatoria en Italia: “Tal como lo veo, hasta ahora hemos pensado más en las cabezas que en los estómagos de las clases sociales que sufren y están necesitadas. Ahora pensemos un poco más en los estómagos.” Cincuenta años más tarde, Brecht declararía: “Primero la comida y luego la moral”. Pinocho, que no desconoce el hambre, tiene una conciencia clara de este requerimiento básico. Imaginando lo que haría si tuviera cien mil monedas y fuera a convertirse en un caballero adinerado, se fantasea en un bello palacio con una biblioteca “repleta de fruta confitada, pasteles, panettoni, tartas de almendra y bollos rellenos de crema”. Los libros, como bien sabe Pinocho, no alimentan un estómago vacío.

A Coraline también le indigna que sus papás estén encerrados y con mucho frío, como también que se obligue a otros a comportarse como no quieren (como a su “otro” amigo y a su “otro” papá) o a que permanezcan encarcelados, como los niños fantasma.

Coraline es una película para disfrutar, y afortunadamente, este disfrute puede ser compartido por muchas personas. Como dijera W. H. Auden, existen muchas obras buenas que únicamente leen los adultos, pero no hay libros buenos que lean sólo los niños. Miedo deberíamos tener a escritores como Leprince Beaumont, quien creyó que los cuentos debían ser más para enseñar que para divertir, o como Donald Norman, quien piensa sinceramente que la función del verdadero arte es la de educar, no entretener. Esta dimensión moralista se encuentra casi siempre en las caricaturas de Disney, y quizá por esto, en Coraline los malos son los ratones (ratas disfrazadas), el bueno es el gato (Disney odiaba a los gatos) y el paisaje realmente es un personaje más, no un mero elemento de fondo, como sucede en muchas caricaturas de Disney. Y estas no son todas las referencias.

Con esto no quiero decir que Coraline sea una película vacía. Todo lo contrario, lo que pasa es que hay que ser observadores, y poner más atención en los peligros que tiene un niño a su alrededor. La pequeña puerta de la casa de Coraline existe, y puedo asegurar que está en casi todos nuestros hogares, sólo que con otra forma, y tal vez, más peligrosa. Esta puerta se llama televisión, y tiene la misma facultad de obnubilar a los niños. En esta “puerta”, a las “otras” mamás se les llama mercadólogas, gerentes de ventas, creativas, diseñadoras. En el documental de La corporación, Lucy Huges, una de estos bichos malos, le fascina el hecho de que se pueda manipular a un niño para que le pida a su papá un producto. Por eso hay mucho más de familiar que de extraño en el mundo al otro lado de la puerta. Ahí las mamás son más delgadas, sin arrugas, no odian el polvo, fingen que nada tiene un costo (hasta que disimuladamente, en una cajita de regalo, te lo imponen), y mienten con trucos tan viejos como el de “puedes decidir lo que quieras, pero nosotros sólo queremos lo mejor para ti”. Y todo esto con la certeza de que conocen a los niños como la palma de su mano.

Pero realmente su conocimiento es limitado, aún para pequeños mundos que no son más grandes que el del Principito. La imaginación de la “otra” mamá no da para llenar ni un planeta tan pequeño; rápidamente queda vacío al recorrer unos cuantos metros, porque sólo conocen a su víctima en números, estadísticas, grabaciones y pruebas de usabilidad. Ya lo dijo el zorro: “Sólo con el corazón [o con un anillo de dulce] se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos [o para las estadísticas o los estudios de mercado].”

En este contexto, la acción heroica de Coraline, es rescatar el alma de los otros niños, que daban vida a sus espacios de entretenimiento. Es posible que esto sea una resonancia de otros eventos similares, como el de ciertos niños del Bronx que, indignados por las prácticas esclavistas de Nike y de saber cómo éstas afectaban la economía de sus padres, se dirigieron hacia la “Nike-Town”, en Nueva York, para lanzar sus tenis hacia la entrada, y gritar su enojo, su tristeza, y sobre todo, sus ganas de hacer algo, aunque fuera muy poquito. Entre estos niños, una voz, tal vez la de Coraline Jones, le recordó a la empresa: “Nike, nosotros te hicimos. Y también podemos aniquilarte.” Incluso en su pequeño mundo, los niños saben que algo está pasando y también pueden ser héroes. Como Coraline.

Finalmente, he de decir que lo que más me maravilló de Coraline es la devoción y el oficio que tiene su producción. En la película no hay software que haga cálculos matemáticos que se encarguen de los reflejos, o sistemas de partículas que simulen la caída de las hojas, o el movimiento del pelo, ni procedimientos complejos que simulen texturas de telas elegantes, de suculentos postres o de relucientes metales. Tampoco hay grandes efectos de luz, o elementos brillantes que irradien color a su alrededor, como se acostumbra ahora en las películas 3D. Todo tiene la delicadeza de haberse hecho a mano, de crear un sinnúmero de cajas viejas y de maletas gastadas. De trabajar con recortes de tela, de iluminación artesanal, de una animación de gran economía en el movimiento y de gran significado. Aquí todo es apreciable, el movimiento del cabello, el deslizar del lodo, la pulverización de un dulce, el llenado de un vaso, y por sobre todo, la delicadeza, cariño y maestría que pone la “otra” mamá en la creación del muñeco de Coraline, para mí, la mejor escena de la película.

Con respecto a la Wikipedia, sólo puedo decir que cantidad jamás será sinónimo de calidad.

<——————————fin del post ——————–>

Bonus track:

El interés por los insectos, la preferencia de lo usado por sobre lo nuevo, el trato que se le da a cada títere, la recurrencia de las envolturas y algunos puntos memorables de la película, sólo se entienden conociendo también un poco a sus creadores, o mejor dicho, un poco de lo que es su oficio. Dado que yo no tengo ni una pizca de titiritero o animador(aunque me gustaría), pongo a continuación un texto (recortado) de cómo se ve a sí misma una de estos peculiares artistas:

Itinerarios por el mundo del objeto, de Cecilia Andrés

[...] Hay hombres y mujeres que leen su territorio mediante bancos y tarjetas de crédito, automóviles y teléfonos celulares; otros lo hacen con las hojas y las cortezas de los árboles, los pétalos de las flores, la frescura y el sonido de la lluvia o el soplo del viento. Yo lo hago con todos los objetos, soy titiritera.

[...] Hace más de treinta años que vivo totalmente rodeada de objetos. Es una necesidad vital, una compulsión que me lleva a buscar, comprar, adquirir, recibir objetos de todas las formas, tamaños, colores y materiales. No hay lugar adonde lleve conmigo algunos objetos escenciales y de donde no vuelva con otros nuevos. Los objetos marcan mi entera relación con el mundo. Emiten una especie de llamado subliminal desde el sitio en que se encuentran. Mis sentidos lo perciben de algún modo y ¡zaz!, voy hacia ellos. No son solamente aquellos que están en un aparador o en algún estante, la mayoría de las veces son hallazgos fortuitos en lugares insospechados.

Camino por una calle y descubro un bote de basura. Mis ojos lo recorren minuciosamente en busca de algo que le diga algo a la recolectora de desechos en que la vida profesional me ha convertido. Allí, en un pedazo de metal, de tela, de cartón, un personaje con su historia aguarda mi llegada para solicitar un poco de alma que lo anime durante las horas de ensayo y las funciones que daremos juntos.

Un botón, un ojo; un par de alambres, brazos; una lata, la cabeza; una tela, el cuerpo. Un títere sale del bote de basura con apariencia humana. Un par de tijeras jardineras y una cadena pueden convertirse en un dragón o en una serpiente. Un trozo de vela es una princesa solitaria prisionera de los celos de su padre, y una soga, el valeroso príncipe que la rescata.

[...] Mis hijos y mis amigos piensan que estoy mal de la cabeza cuando, sin aviso, me agacho y recojo algo del suelo, o me detengo y giro recta hacia un objeto abandonado, o me introduzco bruscamente en una tienda de chucherías o en un viejo bazar. Los bazares me enloquecen, puedo pasarme dentro horas y horas ocupada en la lectura de las cosas que se hallan ahí, guardadas para que las mire, las descubra, las descifre. A veces, una silla me ve pasar y grita para contarme su historia; insiste tanto que debo sentarme a escucharla mientras los encargados del lugar me observan desconfiados. Cosas así me suceden con frecuencia.

Los titiriteros tienen un don, la mirada aguda que descubre el objeto en mitad de la calle, en la basura, en las manos de la gente, en tiendas y bodegas. Si alguien quiere ver una titiritera extasiada, basta pasear con ella en un mercado de artesanías, una feria de pueblo, una exposición, un mercado de pulgas o una simple venta de garage.

[...] Prefiero lo viejo a lo nuevo. Un vestido usado que alguien me regala me atrae más que uno colgado en un escaparate. Nunca lo uso como me lo dieron: una costura aquí, un pliegue allá, un encaje alrededor del cuello, un toque de color discreto, un cambio de botonadura; hago cualquier arreglo que lo adecue a mi gusto y estilo, lo reciclo. Es otra de mis pasiones: hacer el vestido de un títere con la tela del vestido que usó mi hija cuando era pequeña, o de la camisa vieja de mi compañero, tiene un significado mayor que si comprara la tela nueva en una tienda. Las cosas cargadas de historia, de sudor, lágrimas y amor, me gustan más que las cosas asépticas.

Me gusta reciclar incluso los títeres, cambiarles los vestidos, la cara, los detalles, convertirlos en otros, opuestos a los que eran, diferentes; como si yo fuera un pequeño demiurgo capaz de alterar las cosas y dotarlas de un nuevo sentido. La imposibilidad de transformar como quisiera el mundo real se ve anulada por la transformación de este universo que construyo y deconstruyo sin cesar.

Los canastos, las cajas y los desechos ocupan posiciones relevantes entre las cosas que recojo. Los canastos y las cajas sirven para guardar otros objetos y materiales. Tengo un ojo entrenado para descubrir al pasar canastos o cajas de todas formas y tamaños, lo cual me ha llevado a pelear con los recolectores municipales de basura, a discutir con amigos e hijos y fastidiar a mis parejas. Una titiritera sin canastos (o baúles) no es titiritera.

[...] Trato de transmitir otra forma de mirar la vida, una forma selectiva y fraccionada que permite separar todo lo que es bello del horror que nos rodea.

[...] Habito un universo paralelo, soy tan distraída que, usualmente, no recuerdo los rostros de la gente que conozco. Tampoco recuerdo la mayoría de sus nombres: los confundo o los trastoco. En cambio, tengo una memoria detallada de los objetos que utilzan. Cuando observo a la gente pasar frente a mí distingo sus objetos mejor que sus rostros, y sus gestos mejor que sus cuerpos. Recorto de la imagen aquello que me atrae. Es terrible, veo objetos de colores que sufren desplazamientos en el espacio: una bolsa violeta, unos zapatos cafés, una bufanda con rayas blancas y verdes, un globo amarillo. Una no puede decir: “Buenos días, señora Chalina de Seda Azul” ni “¿Cómo le va, señor Bastón de Madera?” o “¡Qué grande está la niña paleta roja!”

Observo los ojos y las manos de la gente, porque ojos y manos son los medios principales con que el títere se expresa. Me atraen los gestos y el movimiento corporal porque puedo reproducirlos más tarde en el teatrino: un hombre que cojea peculiarmente, otro que oscila, una mujer que da saltitos, otra que cabalga un potro inexistente, son títeres que haré.

Así como el títere es gestual, no necesito escuchar hablar a una persona para saber cómo se siente o qué quiere decirme. Me basta observar sus ojos, sus manos, movimientos, posturas, actitudes, para enterarme de su esencia. Esta deformación profesional me permite leer al otro incluso cuando se encuentra en total reposo. Percibo estados de ánimo en las calles o en los parques, y me cuento las historias que voy inventando mientras la gente pasa frente a mí [...]

[...] La gente lleva sus historias por la calle, y si uno practica su lectura puede sacar provecho de las horas muertas. Para mí es un ejercicio obligatorio de profesión.  Percibir la vida dentro de lo inerte  y captar los estados de ánimo del otro, aunque no los exteriorice, es parte de la vida de un titiritero, acostumbrado a transmitir emociones y a darle vida al objeto que mueve.

[...] Un analfabeto es alguien que desconoce el código, los signos de un lenguaje, y no puede traducirlos. Hay muchos modos y variantes. Así, yo puedo parecer una loca a los ojos de cualquiera, pero a la mirada de un titiritero soy solamente una compañera de oficio que se le adelantó a recoger un cartón indispensable. Mire donde mire, siempre veo un títere esperando. Es una locura, pero es así. Y si fuera de otro modo no sería quien soy. Sería… analfabeta…, y moriría de tedio, de tristeza, de ausencia de lecturas.

Hay objetos y materiales fríos, cálidos, suaves, ásperos, agrios, dulces. En nuestra dramaturgia cada uno es en sí mismo un tipo metafórico.

[...] A lo largo del tiempo aprendemos los gustos particulares de algunos materiales; aprendemos que a las maderas duras les encanta ser marionetas, las suaves prefieren ser cabezas, a las de veta sencilla les gusta ser varilla nada más. Un hule espuma prefiere que lo cubra de látex, otro prefiere la media de nailon o de algodón; aquel escoge la mesa para actuar, éste los hombros de su animador: aprendemos que, muchas veces, quienes deciden expresarse no somos nosotros nada más, sino también los materiales, los objetos.

Yo siempre he animado personajes femeninos con la mano izquierda y masculinos con la derecha; hace poco quise invertir la relación. Puede parecer extraño, pero el títere masculino se escapó de mi mano siete u ocho veces antes de que optara por volverlo a la mano derecha, donde funcionó sin problemas. Ambos títeres están hecho del mismo material, con el mismo diseño e iguales proporciones; las dificultades para animarlos son las mismas, pero uno de ellos se negó a cambiar.

[...] Si en las escuelas se otorgara un tiempo a la observación del movimiento de las nubes, de los sonidos del papel y los metales, las texturas de las telas o la caída de las hojas, igual que el que se destina a la inútil repetición de tonterías, seríamos otros. Aprenderíamos otros signos, construiríamos otros alfabetos, exploraríamos otros mundos: seríamos más lectores.

[...] Mi casa es un enorme almacén lleno de objetos encontrados en los sitios más extraños e inimaginables. No tiro casi nada, salvo en las mudanzas, cuando un arranque pragmático me lleva a deshacerme de algunas cosas y a prometerme acumular menos la próxima vez, lo cual incumplo reiteradamente. En este oficio que es mi vida, una no sabe cuándo o dónde va a necesitar el alambrecito que encontró en la calle Corrientes de Buenos Aires, o la servilleta que robó de un restaurante de la ciudad de México, el dedal de la casa de una señora en España, la cajita de música rota cerca del metro en París, el cubo de vidrio laqueado recogido en las calles de Oaxaca, o tantas cosas, tantas…

[...] No soporto la rotura de un objeto, me duele directamente. Cuando un títere sufre un accidente o se extravía, sufre una parte de mí. Debido a esto, el cuidado que les dedico es obsesivo: tienen sus propias fundas, su espacio en las maletas y en la casa, sus vestidos se lavan, se planchan y restauran igual que los nuestros, sus cuerpos se protegen, se repintan y reparan. Durante los viajes, siempre que puedo, los llevo junto a mí. Cuando debo separarme de ellos cruzo los dedos por que se sientan a gusto y no les pase nada. Los objetos son extensiones de mi propio cuerpo, de mi mente, de mi alma.

[...] Miramos las cosas como si estuvieran muertas, vacías, inertes, pero ¿lo están realmente?

[Los titiriteros] creemos que las cosas viven, sufren, lloran, tienen anécdotas que contar, tragedias, melodramas, fantasías. ¿Quién de nosotros dudaría de la trágica suerte de un trozo de ocote que, separado de su tronco original, es condenado a morir en la hoguera simplemente porque su sangre, su resina, es combustible? Bastan unos cuantos retoques para que su tragedia y la de Prometeo sean equiparables: ambos han cometido el crimen de regalar el fuego a los hombres.

Un pañuelo de papel que absorbe lágrimas, ¿llora por el asesinato de su padre el árbol? ¿Lo hace porque su destino es la basura o el excusado? Y la mascada de seda, ¿es una frívola exhibicionista y seductora o una bailarina que danza triste y solitaria?

Del mismo modo en que nosotros leemos las historias que contienen, los materiales y los objetos leen nuestras historias. Son cuantiosos los casos de títeres que expresan los más ocultos deseos y ansiedades de sus animadores.

Súbitamente, a la mitad de una escena, un títere lanza opiniones que el titiritero no comparte o que no desea expresar conscientemente, pero no puede pararlo. La ausencia que el títere propone debe ser llenada siempre. Con mucha frecuencia es el inconsciente el que se encarga de hacerlo.

[...] Los títeres son peligrosos, se atreven a decir lo que otros callan. Se divierten y se burlan del poder cuando éste busca amedrentar y cancelar la risa. Los títeres han sido vínculo del hombre con sus dioses, han propagado dogmas religiosos y se han rebelado contra ellos; han viajado con los conquistadores y han luchado al lado de los conquistados; han promovido huelgas y revoluciones; durante sus funciones han detenido guerras, mantenido a salvo la identidad de un pueblo, promovido campañas de salud y alfabetización. Actualmente marchan al frente de las manifestaciones de protesta, encabezan los desfiles jubilosos, invaden los teatros de la mano de actores, mimos, bailarines, pintores, escultores, y siguen recorriendo las escuelas, los parques y las plazas con las manos y los cuerpos de sus titiriteros. No es extraño que el poder los tema, los persiga, los prohíba.

[...] A los titiriteros nos ocurren cosas similares, nuestras parejas se divorcian de nosotros porque amamos más a los títeres que a ellas; nos emociona el hallazgo de un par de baúles en un depósito de basura y pasamos horas comentándolo; nos falta dinero siempre y vivimos casi sin planes; nos ocurren cosas maravillosas con los niños, los jóvenes y los adultos, y cosas terribles con los funcionarios, los agentes aduanales, con los policías, los aeropuertos y los autobuses; nos presentamos en las plazas, las calles, los teatros, los bares y los cafés; frecuentamos las prisiones y los hospicios; vamos a los albergues para refugiados de guerras y desastres; pasamos de la abundancia a la pobreza en un instante; soñamos, deliramos, nos apasionamos por casi las mismas cosas, y nuestros rostros adquieren las facciones ingénitas de la materia que animamos.

Por eso lloramos y reímos juntos, nos hacemos promesas, nos amamos y nos odiamos, y luego partimos con nuestras maletas viejas, nuestros títeres, nuestras historias, renovadas la terquedad, la itinerancia, la insistencia, la pasión desmesurada.

[...] Éste, desde luego, es mi punto de vista, el punto desde el cual observa la mujer, la titiritera que soy. Me gustaría que otros, fuera de mi gremio y mi oficio, compartieran esta manera de observar el mundo: que mientras sujetan una coladera, una llave de tuercas, una tela, soltaran sus amarras y flotaran en otros universos, exploran las historias que cada objeto tiene en su interior, que respondieran a la provocación que conllevan y volaran en alfombras tejidas con hilos rotos, trozos de metal, cuerdas de reloj o de guitarra. Quisiera que todos fuéramos capaces de lanzarnos de cabeza a esos mundos.

[...] No todos podemos ser titiriteros, pero todos podemos jugar con los objetos y dejarnos conducir  por ellos a otro mundo, siguiendo itinerarios insólitos que se descubren conforme avanza. Jugamos y leemos para descubrir y descubrimos a lo largo de este viaje misterioso que es la vida. Y eso, finalmente, es lo que importa.

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