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Information Design Mexican Style

Un concepto que casi siempre puede aplicarse al diseño de información es el de instrumental rationality, que se refiere a “[...] una forma específica de racionalidad enfocada a los medios más eficientes para alcanzar un fin en específico, pero sin reflejar en sí misma el valor del fin”, y que tiende a enfocarse más en el “como” que en el “por qué”, más en el uso inmediato que en la reflexión o la crítica. El siguiente ejemplo de diseño de información, es de esos pocos que caen exactamente en el lado opuesto, y pertenece a El sexenio me da risa, la historieta no oficial, escrito e ilustrado por El Fisgón y Helguera. Cualquier parecido con el trabajo de Edward Tufte, Otto Neurath o Nigel Holmes, es pura coincidencia.

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más trabajos de este wey en su blog

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About 2.0

Este blog pretende ser un espacio para el diseño de información en español. Sí, existen muchos blogs que ya lo son, pero creo que desde una perspectiva académica, todavía no hay ninguno. Probar esto es difícil, pero espero que este ejemplo ayude: en Google no aparece ningún sitio en español que hable de Paul Stiff o James Hartley; sólo uno sobre Peter Simlinger; y dos sobre Nigel Holmes. (Conozco personalmente a los tres lectores de este blog, así que no creo que sea necesario platicar nada sobre los tipos estos.) Estos tipos son los “Joe Satriani” del diseño de información (académico).

Para lograrlo, haré uso intensivo de la piratería. Traduciré montones de documentos para ponerlos a la disposición de todo lector que quiera enterarse de qué va el diseño de información. (Dato curioso: en 1997 la UDLA compró decenas de journals de diseño (todos en inglés), incluido el de diseño de información, y aún así, jamás vi uno de estos en la bibliografía de ninguna clase, y eso que estudié diseño de información ahí-mero.)

Los temas que abordaré aquí serán pocos, y todos relacionados con el diseño de información: libros para niños, historia del libro y la lectura, diseño de interfaces en videojuegos, historia de la usabilidad en software, historia del diseño de información, investigación en el diseño, historia social del conocimiento (impreso) y diseño editorial. Sí, libros y videojuegos serán el tema principal. Tal vez un poco más de libros al inicio, pero creo que los juegos son el futuro.

Las secciones serán las siguientes (más o menos): traducciones, ensayos, recomendaciones de lectura, colección de sitios sobre diseño, material pirata (sólo para los cuates), metodologías de trabajo (también piratas), ejemplos de diseño de información y tal vez un pequeño glosario (porque la Wikipedia en español no anda muy bien en el ámbito del diseño). Ah, sí, quizá también algunas caricaturas, aunque esto será hasta que aprenda a dibujar más mejor. (Muchas de estas secciones están inspiradas en los datos arrojados por el Google Analytics.)

Oficialmente con este post, comienza la tercera etapa de este proyecto (la primera tuvo un solo lector, y se trataba de recortes de libros), y por un rato, este blog se convertirá en un almacén de contenidos (todo los post anteriores me han servido de “marco teórico”), y cambiará gradualmente de diseño (hasta que lo cambie a un dominio propio para el sitio, ya no más “tonterías-elcoruco-com”). Y sí, hasta grupo de Facebook y Twitter tendrá.

(Hugo, te debo el post de “por qué pienso que sería mejor que enseñaran más Flash y menos semiótica en Diseño”. Prometo terminarlo pronto.)

Atentamente, el editor pirata

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El diseñador emancipado

El mayor logro del diseñador del siglo XX, fue su emancipación del impresor (para fundar despúes su despacho). Por desgracia, incluso con la invención del cine y la televisión, pocos lograron independizarse también de la imprenta.

En el siglo XXI, con la masificación de las computadoras y demás dispositivos con pantalla, el diseñador podrá al fin liberarse de la imprenta. Visionarios como Clement Mok, abogan incluso por liberarse del trabajo de diseño, para dedicarse a cosas más lucrativas como la vida cortesana. (Esa que se da en forma de juntas, escalafones, premios a la productividad y cargos gerenciales a discreción.) Liderazgo sí, dibujo no.

Una lucha que continúa, es la de liberar al diseñador “comercial”, que trabaja para productores de comida para perro, jabones, vinos, tabaco y virgencitas, para llevarlo al lado políticamente correcto, también conocido como “trabajar para el Estado”. (Para producir señalización, software educativo, formas fiscales,  presentaciones presidenciales, guías para ciudadanos, instalaciones de alta tecnología y otras bondades sociales.) Esto tiene muchas ventajas, uno no se siente mal por vender cosas, se trabaja por el bien de la nación, y el Estado (por lo menos el mexicano), es unos de los clientes que mejor pagan (y que más contratan).

Una división peculiar es la que se está dando entre el diseñador progresista, también conocido como “arquitecto de información”, “diseñador de información”, “diseñador de experiencias” o “su Alteza Serenísima”, y el diseñador gráfico común y corriente, que parece haberse quedado en la era Tintozoica; la diferencia entre ellos es sólo a nivel conceptual, y un modelo práctico para entender esta división, es el de fábula de la hormiga y la cigarra: el primero está preocupado por la productividad y el entendimiento, y el segundo se ocupa del azúcar, las flores y de muchos colores. (Repito, la verdadera diferencia es meramente conceptual: los diseñadores balines estamos repartidos equitativamente en ambos grupos.)

Sin embargo, la verdadera emancipación, como lo menciona Chipp Kid, debería ser de “el cliente”. Aquel diseñador que decide vender chácharas en lugar de obediencia (por un salario), es por primera vez consciente del costo de su trabajo. En el precio de cada una de sus mercancías, va calculado el costo de distribución, de diseño, de publicidad, de producción y de administración (más o menos). Él sabe si su diseño es auto-subsidiado o si lo carga a la cuenta del consumidor. Mediante el trato directo con el consumidor, se podría saber, entre otras cosas, si el diseño es un producto sólo para la clase media y alta, para el citadino, o si realmente todos pueden consumirlo dentro de sus muy particulares circunstancias. Si se lograra producir diseño adecuado para economías de subsistencia (que quisieran comprarlo y les alcanzara para pagarlo), podríamos decir realmente que el diseño es un producto de interés general. Los presupuestos para equipos de diseñadores, juntas, viajes, becas e investigaciones de mercado, sólo puede venir de clientes grandes o de economías de escala, pero aún está por verse si es viable el diseño para pequeñas empresas, o para comunidades rurales. Hasta entonces, eso de que el diseño es “universal”, suena más bien a cuento chino.

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Un golpe de timón (notas)

Pensar que la función del diseño es convencer, es pensar muy poco. ¿De qué convence un boleto de tren?, ¿a quién convence el horario de salidas de un autobús? ¿El diseño editorial de un diccionario a quién convence y de qué?, ¿cuáles son los argumentos de la imagen corporativa? La idea de que “ el diseño es igual a comunicación y esta igual a convencimiento”, sólo tiene sentido para los cartelistas, que piensan que su trabajo es “un grito en la pared”; grito que por lo regular dice: “compra”, “lucha”, “corre”, “admira”, “calla”, “respeta”, “rompe”, “rebélate”, obedece”. La función informativa y publicitaria del cartel es importante para varias industrias, pero esto no debería nublar la vista del diseñador. Convencer es importante, sí, pero no es lo único, y ni siquiera es lo más importante.

Donde el diseñador de carteles ha reconocido a un usuario “genérico”, que puede interpretar de distintos modos, el diseñador de libros ha encontrado distintos tipos de lectura: lectura en voz alta y en silencio, lectura en lugares públicos y privados, lecturas intensivas y extensivas, y para cada una de ellas ha ofrecido aplicaciones. Grandes libros para los sacerdotes (de vista cansada) que leen a sus feligreses, pequeños libros para los que leen a la orilla de un río; un mínimo de ruido para el lector de prosa, y un aparato crítico para el estudiante, con notas, traducciones, temarios y bibliografías. Los libros de arte rebasan los márgenes, mismos que son generosos en los libros de filosofía y ensayo. A los cartelistas les ha bastado pegar gritos en la pared.

En cuanto a la autoría del objeto de diseño, el cartelista poco puede aportar. El cartelista, al igual que el muralista, está destinado siempre a ser autor. Su trabajo es medio y mensaje a la vez, use o no texto. En cambio, el diseñador de libros sabe que la única manera de hacerse autor de una obra, es escribiéndola o editándola (en algunos casos). Todo lo demás, es trabajar con la retícula del texto para facilitar su uso. (Hay que decir que no es lo mismo facilitar el uso que facilitar la comprensión, pues no es lo mismo recopilar datos de una obra que comprenderla.)

El énfasis exagerado en la creatividad, en la “expresión personal”, en la “búsqueda de lo novedoso”, puede entenderse desde la óptica del artista que no quiere ser igual a los demás, que quiere sobresalir, experimentar, decir algo importante, buscarse a sí mismo. En pocas palabras, ser un autor (para lo que el cartel queda de maravilla). Sin embargo, en el ámbito editorial las cosas son diferentes. Existen enciclopedias escritas en lenguajes desconocidos, libros con páginas en blanco o en negro, con lecturas circulares, no lineales, con páginas faltantes o sin un solo texto. La experimentación existe en el diseño editorial, pero lo importante es el estándar que facilite el uso del texto: desde la mínima intromisión en la buena prosa, hasta el extremo de llegar a producir un libro para facilitar la lectura del que se ha editado primero (como josé Gaos, y su Comentario a El ser y el tiempo de Martin Heidegger).

La incursión de artistas, ilustradores y dibujantes en el diseño editorial, ha sido en función de la tecnología disponible en la imprenta para aprovechar sus habilidades: desde la ilustración libro por libro (que todavía existe, para tirajes pequeños), hasta la creación de clisés para impresiones a todo color, de alta calidad y gran tiraje. Pero, incluso en un libro repleto de ilustraciones, se puede hacer la distinción entre el artista y el diseñador del libro, pues no es lo mismo hacer un montón de ilustraciones a crear un formato de impresión (retículas, formatos de papel, reglas editoriales), una narrativa editorial (decidir la portada, el prólogo, los índices, la organización del contenido, el colofón, etc.), y solventar (o por lo menos conocer) los pasos intermedios entre la creación de las ilustraciones y la impresión del libro. Varios artistas han sido versados en el negocio editorial, pero esto ha sido resultado de su trabajo en la imprenta, es decir, de “tomar clases de diseño” al modelo tradicional, laborando en el taller. La idea de que el artista se convierte en diseñador al tener cliente (y no mecenas) es absurda, y en todo caso, debería ser contraproducente para el artista, sería como pasar del amateurismo a la vida profesional. Y claro, como para hacer un cartel no es necesario ni saber escribir, hasta los niños pueden darse el lujo de participar en concursos como “El niño y la mar”.

El estudio histórico del diseño editorial sacaría a la luz una realidad del diseño que se toma poco en cuenta: la economía es un factor determinante. La entrada de las cursivas en la página impresa fue para tener más caracteres por hoja, y fue ya después que los editores notaron que la diferencia entre redondas y cursivas podía tener más aplicaciones, como la de diferenciar idiomas distintos en la página, o en el párrafo. Del mismo modo, sumarios, índices y anotaciones, sirvieron en un principio como elementos de ayuda al lector, para crear ediciones más útiles y vendibles. (Cuenta Peter Burke que, El cortesano de Baldassare Castiglione, era un diálogo que buscaba aclarar una serie de cuestiones acerca de la educación y la vida en la corte, y aún así, muchos de los lectores lo usaron como guía de buena conducta o como fuente de anécdotas, por lo que algunos impresores dividieron el libro en capítulos, le incluyeron un “completo aparato de notas marginales”, sumario e índice de materias, elementos que el original no incluía.) La ortografía, los formatos del papel, los tipos usados, el tamaño de los márgenes, el tiraje y hasta la buena redacción pueden (y deben) estudiarse como factores económicos, aplicables aún a la práctica del diseño gráfico.

Hay que saber que la industria editorial, y en especial la industria del libro, son en primera instancia un negocio. La ortografía, la legibilidad, la impresión y el encuadernado, de poco sirven sin buenos canales de distribución, sistemas de venta, precios competentes y publicidad eficiente (es como tener un muy buen sitio que no aparece en Google). Por esto, nada tiene de extraño pensar que algún día los libros se vendan regularmente para dispositivos electrónicos, que eliminen costos de intermediarios y sólo en casos especiales, “impresos de fábrica” (También existe la posibilidad de encontrar quioscos de impresión en los que se fabrique el libro al instante de comprarlo.) Y como negocio, es importante tomar en cuenta el área administrativa del diseño editorial (costos de producción, de distribución, de venta). Esto no tiene por qué importar en el diseño de cartel.

Cualquier diseñador interesado en la publicidad y el marketing, debería saber lo siguiente: los primeros catálogos por correspondencia, fueron de libros, mismos que fueron también las primeras publicaciones en estar llenas de publicidad (primero en las secciones capilares, y después dentro del texto); los primeros en usar celebridades para vender mejor un producto, fueron también los impresores (de libros), por medio de dedicatorias y de contratar de editores y escritores populares; el estudio de mercado ya se daba en el siglo XVIII, con investigaciones que buscaban cuales eran los temas o los títulos con mayor posibilidad de venta en la población; la industria editorial también desarrollo otras industrias, como la del papel, la del encuadernado y la distribución, así como nuevas profesiones, como la de grabador, corrector y tipógrafo. Considerar el trabajo y el costo que tiene un diseñador en este entorno pude ser más significativo que el cálculo que pudiera hacerse de lo mismo en los cartelistas, que por lo regular venden más por su nombre que por la calidad de su trabajo.

Por razones prácticas, el libro, y no el cartel, debería ser el objeto paradigmático de diseño.

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Diseño reaccionario

Tal vez porque sea una “nueva profesión”, todo documento sobre la arquitectura de información cita a Richard Saul Wurman, creador del término, mismo que tuvo el genio para “notar” que ciertos textos (o datos) pueden ser explicados (u organizados) de mejor manera mediante alguna técnica gráfica. (Edward Tufte se ha encargado de documentar este hecho, mostrando que la “arquitectura de información” ya existía, aunque a nadie se le había ocurrido la brillante idea de ponerle nombre.) Sobra decir que dentro de poco, un grupo de arquitectos de información, todos innovadores e inteligentísimos, comenzarán a decir que es necesario redefinir el término, que la práctica de la arquitectura de información poco o nada tiene que ver con lo que hace (o hizo) Wurman, y que es necesario encontrar la esencia de la práctica en otro lado. (Tal vez en la retórica, o la bioquímica o qué sé yo.)

Esto no tendría que sorprender, pues como dijera Alfonso Reyes, “La historia que acaba de pasar es siempre la menos apreciada”, “El pasado inmediato” es el enemigo, toda nueva generación procede de él, luego entonces, “lo que anhela es arrancársele”. Y es (tal vez) por esto, que ya nadie recuerda (ni quiere recordar) a William Adison Dwiggins, creador (dicen) del término Diseño Gráfico. (A esto hay que agregar que gran parte de la teoría del diseño, busca negarlo, es decir, eliminar el hecho de que Dwiggins fuera artesano, un embellecedor de impresos, no un “profesionista” con maestría en comunicación y doctorado en sociología.)

Haciendo una excepción a esta práctica, y adelantándome a los festejos del Centenario del término Diseño gráfico (que no empezarán hasta dentro de diez años), haré una reseña Wikipédica de Dwiggins:

William Adison Dwiggins nació muy joven, y murió ya muy viejito, y entre estos dos importantes eventos, se dedicó principalmente a los libros, tanto a leerlos, como a escribirlos y diseñarlos. Se dice que fue alumno de Frederic Goudy, fracasado-bueno-para-nada que descubrió, a los 40 años, que lo suyo era la tipografía, misma que tuvo que aprender por su cuenta (ni la Wikipedia ni la Enciclopedia Británica dicen por qué).

Como el negocio de los libros rara vez da bien de comer, Dwiggins también hizo dibujos, tanto para libros como para publicidad, fue un excelente (dicen) calígrafo y diseñador de tipos. En términos de su época (la primera mitad del siglo veinte en Estados Unidos), su chamba era la de “artista comercial”, lo que en pocas palabras significa que sabía dibujar relativamente bien, y que podía conseguir algo de dinero vendiéndole su “arte” a la industria editorial. (nota cultural: La única evolución histórica de esta práctica, aparte de los medios de reproducción, ha sido la de cambiar el nombre del chalán que hace los dibujos: iluminador, grabador, pintor, dibujante, ilustrador, artista digital, monero, caricaturista, etcétera.)

Después de los libros, su otro gran interés (dicen), fueron las marionetas, sobre lo cual escribió abundantemente (dicen), y a lo que se dedicó en sus ratos libres, y tal vez hasta en sus otros ratos. (Construyó en su garage un escenario para marionetas, así como un grupo de ellas llamado Püterschein Authority, con los que hizo varias presentaciones.)

En uno de sus libros más importantes (y ha de ser, porque es el único que conseguí), An Investigation into the Physical Properties of Books, publicado en 1919, muestra un concienzudo estudio sobre la ignorancia editorial de los departamentos de ventas (ahora llamados “de marketing”), la incompetencia de los obreros editoriales, y la avaricia de las administraciones, que no vieron en la industria del libro más que una manera de vender papel a precios preferenciales. Una gráfica al inicio del libro muestra esto de manera clara (como si lo hubiera hecho un arquitecto de información):

 An Investigation into the Physical Properties of Books

El verdadero final de Dwiggins es trágico. A la gran mayoría de sus “sucesores” no les interesa ni el diseño de libros, ni los títeres (salvo a los que se equivocaron de carrera), ni la caligrafía y no sabrían diseñar un tipo en madera (mucho menos en metal) aunque de eso dependieran sus quincenas. Al mayor de sus talentos, el de saber dibujar, se le ha “casi” negado la entrada a las nuevas carreras de diseño (cada vez menos materias de dibujo y de ilustración), y por lo menos en México, la costumbre de escribir es como la de persignarse después de comer: o no se acostumbra, o no significa gran cosa. Luciano Cassisi, en un artículo (para Foro Alfa) llamado “El dominio del diseño gráfico”, se lamenta que el diseño tenga que darle cobijo a la historieta, a la ilustración o a la pintura; a su vez, Victor Margolin, en su ensayo “Problemas narrativos de la historia del diseño gráfico”, propone (inspirado por Richard Hollis) retirar del estudio de la historia del diseño: la fotografía, la ilustración, la tipografía, el grabado, el empaque y todo lo accesorio, para de esta manera, dejar sólo la médula, lo realmente significativo. (Y uno recuerda el chiste: “¿qué tiene Brad Pitt que no tenga yo? Sólo quítale la fama, el dinero, la cara, el cuerpo y a Angelina Jolie, y verás, nada.)

La lista sigue: para algunos el diseño está en la interfaz; para otros en la administración; otro tanto cree haber descubierto (por primera vez) el principio de ut pictura poesis; los hay los que se dicen comunicadores; y existen hasta los que creen que el diseño está en las bondades sociales que derrama el uso de la gráfica. Por último he de agregar a esta serie, a los que (como yo), creen que ya mucho trabajo tiene el diseñador en hacer las cosas bien, como para andarse preocupando de redefinir lo que es y no es el diseño, tarea que por lo regular, apunta más hacia una mejora en el estatus académico de los maestros, que a una mejora en la calidad del diseño mismo.

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