Describir el diseño de información es tarea difícil, pero cuando se tiene el ejemplo correcto, pareciera muy sencillo saber de qué se trata y para qué sirve. Uno de estos ejemplos es El libro de las cochinadas, de Juan Tonda y Julieta Fierro (de ellos es el libro, no las cochinadas). Con capítulos como: “¿Por qué hacemos caca?”, “¡Me hice pipí!”, “¡Qué pedo!” y “Cómo sacarse los mocos”, este libro está lleno de información relevante sobre algunas de las actividades más personales que tenemos. Lagañas, gargajos, sudor y vómito son temas que se van abordando con enfoque científico y redacción polopolésca, muy propio de todo buen divulgador científico. Juan Tonda estudió física y es editor y divulgador de la ciencia además de subdirector de medios de comunicación de la DGDC-UNAM, y Julieta Fierro es astrónoma, divulgadora de la ciencia y directora general de divulgación de la ciencia de la UNAM (ah, y también Ocupa la Silla XXV de la Academia Mexicana de la Lengua y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores en el máximo nivel). Con tipos como estos, sorprende que a los congresos de diseño de información sigan invitando a publicistas, mercadólogos y gerentes de empresas de cacahuate japonés.
Siguiendo el modelo impuesto por Juan y Julieta, se me ocurre que podría existir un libro similar, pero de la historia política de México, con todas sus quemas de boletas, caídas del sistema, dedazos y declaraciones chabacanas que están a la altura de cualquier cochinada del libro modelo. Aunque no podría asegurarlo, El libro de las cochinadas debe estar basado en la obra de Sylvia Branzei, creadora de la Asquerosología (Grossology), el método de enseñanza de la ciencia por medio de las cosas asquerosas. Maestra de ciencia (con alumnos de kínder a preparatoria), escritora, editora, conferencista y dueña de tres perros, dos gatos y un marido, Branzei podría ser un buen ejemplo de diseñador de información, y también una prueba de que no es necesaria la “mediación” entre el mundo científico y el hombre de a pie, por obra de un arquitecto de información o cualquiera de estas especialidades New Age (como el diseño de información).
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Que la divulgación científica sea un campo propicio para el diseño de información no es novedad, pero sí lo sería el preguntarse para qué sirve la divulgación científica (al menos en las clases de los futuros diseñadores de información). Según Sergio de Régules, con los primeros trabajos de divulgación científica, se benefició más al científico que al lector, pues mientras que para las damas de sociedad sólo representaba un tema más de conversación, para el científico representó un medio de validar su trabajo en la sociedad, y eventualmente, de conseguir una lanita para seguir con su trabajo. Al igual que otras instituciones sociales como las bibliotecas y los centros deportivos, la comunidad científica de cuando en cuando tiene que exponer su trabajo y los beneficios que reporta a la sociedad, para así obtener partidas presupuestarias más grandes, o por lo menos obtener alguna. (Esto no aplica para ningún país mexicano como México, donde los presupuestos se reparten por medio de una ruleta amañada.) Una vez con presupuesto, varios científicos han compartido el punto de vista de Antony Hewish:
Los pasados treinta años han presenciado una gran revolución en nuestra comprensión de la amplia estructura del universo en cuanto a tiempo y espacio […] Los logros técnicos que hicieron posible todo esto fueron financiados en gran medida por la ciudadanía. Creo que corresponde ahora a los científicos pagar esta deuda explicando sus descubrimientos de modo tal que todo el mundo comparta la tremenda emoción del descubrimiento científico.
Por parte del lector, la función de la divulgación científica es más compleja. ¿Para qué la leemos? Mientras asitimos a la escuela, la ciencia (por lo regular) forma parte del sistema de tortura (obligatoria) que es la educación (salvo contadas excepciones, con maestros excepcionales). Pero cuando no es el caso, ¿para qué compramos material de divulgación científica?: Por erudición, por interés, por curiosidad, por encargo, por tener referencias… ¿a cuántas de estas necesidades responden las pobres infografías de una página, que no salen de presentar números con alguno que otro dibujo, sin una verdadera reflexión por parte del escritor? No tengo idea, pero apostaría que tiene más idea de esto Julieta Ferro que Saul Wurman.
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Dejo aquí algunos ejemplos de los libros antes mencionados, y un archivo con los primeros dos capítulos del libro The Manga Guide to Physics (la vida del caracol.zip), el cual considero un buen ejemplo de divulgación científica. (Sí, esto último es piratería.)
Y aquí la piratería: la vida del caracol (guiño, guiño).







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