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El diseñador emancipado

El mayor logro del diseñador del siglo XX, fue su emancipación del impresor (para fundar despúes su despacho). Por desgracia, incluso con la invención del cine y la televisión, pocos lograron independizarse también de la imprenta.

En el siglo XXI, con la masificación de las computadoras y demás dispositivos con pantalla, el diseñador podrá al fin liberarse de la imprenta. Visionarios como Clement Mok, abogan incluso por liberarse del trabajo de diseño, para dedicarse a cosas más lucrativas como la vida cortesana. (Esa que se da en forma de juntas, escalafones, premios a la productividad y cargos gerenciales a discreción.) Liderazgo sí, dibujo no.

Una lucha que continúa, es la de liberar al diseñador “comercial”, que trabaja para productores de comida para perro, jabones, vinos, tabaco y virgencitas, para llevarlo al lado políticamente correcto, también conocido como “trabajar para el Estado”. (Para producir señalización, software educativo, formas fiscales,  presentaciones presidenciales, guías para ciudadanos, instalaciones de alta tecnología y otras bondades sociales.) Esto tiene muchas ventajas, uno no se siente mal por vender cosas, se trabaja por el bien de la nación, y el Estado (por lo menos el mexicano), es unos de los clientes que mejor pagan (y que más contratan).

Una división peculiar es la que se está dando entre el diseñador progresista, también conocido como “arquitecto de información”, “diseñador de información”, “diseñador de experiencias” o “su Alteza Serenísima”, y el diseñador gráfico común y corriente, que parece haberse quedado en la era Tintozoica; la diferencia entre ellos es sólo a nivel conceptual, y un modelo práctico para entender esta división, es el de fábula de la hormiga y la cigarra: el primero está preocupado por la productividad y el entendimiento, y el segundo se ocupa del azúcar, las flores y de muchos colores. (Repito, la verdadera diferencia es meramente conceptual: los diseñadores balines estamos repartidos equitativamente en ambos grupos.)

Sin embargo, la verdadera emancipación, como lo menciona Chipp Kid, debería ser de “el cliente”. Aquel diseñador que decide vender chácharas en lugar de obediencia (por un salario), es por primera vez consciente del costo de su trabajo. En el precio de cada una de sus mercancías, va calculado el costo de distribución, de diseño, de publicidad, de producción y de administración (más o menos). Él sabe si su diseño es auto-subsidiado o si lo carga a la cuenta del consumidor. Mediante el trato directo con el consumidor, se podría saber, entre otras cosas, si el diseño es un producto sólo para la clase media y alta, para el citadino, o si realmente todos pueden consumirlo dentro de sus muy particulares circunstancias. Si se lograra producir diseño adecuado para economías de subsistencia (que quisieran comprarlo y les alcanzara para pagarlo), podríamos decir realmente que el diseño es un producto de interés general. Los presupuestos para equipos de diseñadores, juntas, viajes, becas e investigaciones de mercado, sólo puede venir de clientes grandes o de economías de escala, pero aún está por verse si es viable el diseño para pequeñas empresas, o para comunidades rurales. Hasta entonces, eso de que el diseño es “universal”, suena más bien a cuento chino.

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