Skip to content

Diseño reaccionario

Tal vez porque sea una “nueva profesión”, todo documento sobre la arquitectura de información cita a Richard Saul Wurman, creador del término, mismo que tuvo el genio para “notar” que ciertos textos (o datos) pueden ser explicados (u organizados) de mejor manera mediante alguna técnica gráfica. (Edward Tufte se ha encargado de documentar este hecho, mostrando que la “arquitectura de información” ya existía, aunque a nadie se le había ocurrido la brillante idea de ponerle nombre.) Sobra decir que dentro de poco, un grupo de arquitectos de información, todos innovadores e inteligentísimos, comenzarán a decir que es necesario redefinir el término, que la práctica de la arquitectura de información poco o nada tiene que ver con lo que hace (o hizo) Wurman, y que es necesario encontrar la esencia de la práctica en otro lado. (Tal vez en la retórica, o la bioquímica o qué sé yo.)

Esto no tendría que sorprender, pues como dijera Alfonso Reyes, “La historia que acaba de pasar es siempre la menos apreciada”, “El pasado inmediato” es el enemigo, toda nueva generación procede de él, luego entonces, “lo que anhela es arrancársele”. Y es (tal vez) por esto, que ya nadie recuerda (ni quiere recordar) a William Adison Dwiggins, creador (dicen) del término Diseño Gráfico. (A esto hay que agregar que gran parte de la teoría del diseño, busca negarlo, es decir, eliminar el hecho de que Dwiggins fuera artesano, un embellecedor de impresos, no un “profesionista” con maestría en comunicación y doctorado en sociología.)

Haciendo una excepción a esta práctica, y adelantándome a los festejos del Centenario del término Diseño gráfico (que no empezarán hasta dentro de diez años), haré una reseña Wikipédica de Dwiggins:

William Adison Dwiggins nació muy joven, y murió ya muy viejito, y entre estos dos importantes eventos, se dedicó principalmente a los libros, tanto a leerlos, como a escribirlos y diseñarlos. Se dice que fue alumno de Frederic Goudy, fracasado-bueno-para-nada que descubrió, a los 40 años, que lo suyo era la tipografía, misma que tuvo que aprender por su cuenta (ni la Wikipedia ni la Enciclopedia Británica dicen por qué).

Como el negocio de los libros rara vez da bien de comer, Dwiggins también hizo dibujos, tanto para libros como para publicidad, fue un excelente (dicen) calígrafo y diseñador de tipos. En términos de su época (la primera mitad del siglo veinte en Estados Unidos), su chamba era la de “artista comercial”, lo que en pocas palabras significa que sabía dibujar relativamente bien, y que podía conseguir algo de dinero vendiéndole su “arte” a la industria editorial. (nota cultural: La única evolución histórica de esta práctica, aparte de los medios de reproducción, ha sido la de cambiar el nombre del chalán que hace los dibujos: iluminador, grabador, pintor, dibujante, ilustrador, artista digital, monero, caricaturista, etcétera.)

Después de los libros, su otro gran interés (dicen), fueron las marionetas, sobre lo cual escribió abundantemente (dicen), y a lo que se dedicó en sus ratos libres, y tal vez hasta en sus otros ratos. (Construyó en su garage un escenario para marionetas, así como un grupo de ellas llamado Püterschein Authority, con los que hizo varias presentaciones.)

En uno de sus libros más importantes (y ha de ser, porque es el único que conseguí), An Investigation into the Physical Properties of Books, publicado en 1919, muestra un concienzudo estudio sobre la ignorancia editorial de los departamentos de ventas (ahora llamados “de marketing”), la incompetencia de los obreros editoriales, y la avaricia de las administraciones, que no vieron en la industria del libro más que una manera de vender papel a precios preferenciales. Una gráfica al inicio del libro muestra esto de manera clara (como si lo hubiera hecho un arquitecto de información):

 An Investigation into the Physical Properties of Books

El verdadero final de Dwiggins es trágico. A la gran mayoría de sus “sucesores” no les interesa ni el diseño de libros, ni los títeres (salvo a los que se equivocaron de carrera), ni la caligrafía y no sabrían diseñar un tipo en madera (mucho menos en metal) aunque de eso dependieran sus quincenas. Al mayor de sus talentos, el de saber dibujar, se le ha “casi” negado la entrada a las nuevas carreras de diseño (cada vez menos materias de dibujo y de ilustración), y por lo menos en México, la costumbre de escribir es como la de persignarse después de comer: o no se acostumbra, o no significa gran cosa. Luciano Cassisi, en un artículo (para Foro Alfa) llamado “El dominio del diseño gráfico”, se lamenta que el diseño tenga que darle cobijo a la historieta, a la ilustración o a la pintura; a su vez, Victor Margolin, en su ensayo “Problemas narrativos de la historia del diseño gráfico”, propone (inspirado por Richard Hollis) retirar del estudio de la historia del diseño: la fotografía, la ilustración, la tipografía, el grabado, el empaque y todo lo accesorio, para de esta manera, dejar sólo la médula, lo realmente significativo. (Y uno recuerda el chiste: “¿qué tiene Brad Pitt que no tenga yo? Sólo quítale la fama, el dinero, la cara, el cuerpo y a Angelina Jolie, y verás, nada.)

La lista sigue: para algunos el diseño está en la interfaz; para otros en la administración; otro tanto cree haber descubierto (por primera vez) el principio de ut pictura poesis; los hay los que se dicen comunicadores; y existen hasta los que creen que el diseño está en las bondades sociales que derrama el uso de la gráfica. Por último he de agregar a esta serie, a los que (como yo), creen que ya mucho trabajo tiene el diseñador en hacer las cosas bien, como para andarse preocupando de redefinir lo que es y no es el diseño, tarea que por lo regular, apunta más hacia una mejora en el estatus académico de los maestros, que a una mejora en la calidad del diseño mismo.

Share and Enjoy:
  • Print
  • Digg
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • StumbleUpon
  • Twitter

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *
*
*