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Del objeto de diseño

Sin el amor a los objetos se cae pronto en la barbarie, afirmó Alfonso Reyes. “La materia en sí es cosa grande, y -observa William James-hay operaciones de la materia que valen por muchas del espíritu: una sola chispa eléctrica es mejor que varios discursos de un imbécil.” No hemos de estar contra las piedras, dice Reyes, que son cosa noble y sencilla. Contra lo que hay que estar, es contra los cerebros que se petrifican. Y más aún, si las piedras quisieran hablar, ¿Quiénes somos nosotros para hacerlas callar o apedrearlas? Nadie. “Los hombres se han arrodillado siempre junto a las piedras que hablan, y aún podemos creer que tal es el origen de las ciudades, ahora vagamente recordado por las estatuas ecuestres de los héroes.” Los niños, que tienen entre todos el sentido más puro del mundo, pueden dar fe de esto. Son ellos los que siempre se han parado “extáticos y adorantes, ante las fuerzas que se superan, ante el pájaro que habla, el árbol que canta, y el agua de siete colores que sube al cielo”.

Cuando se deja de ser niño (o ver como niño), cambia la técnica para percibir la magia de los objetos y la materia: Uno debe acercarse al objeto con “la reverencia del devoto y la fina apreciación del artesano”. Obligado por sus hombres, para obtener su pago correspondiente, Cortés envía el tesoro incautado a Moctezuma (brazaletes, collares, cetros, abanicos decorados con plumas multicolores, insectos y flores finamente cinceladas), a los orfebres de Azcapotzalco, para convertirlo en lingotes estampados con las armas reales. La respuesta de los orfebres aún puede leerse en el Museo del Oro de Santafé de Bogotá: “Maravíllome de vuestra ceguera y locura, que deshacéis las joyas bien labradas por hacer de ellas palillos.” Igual indignación debieron sentir algunos editores, autores y libreros cuando Vicente Fox rechazó la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, “argumentando” que el libro es una mercancía como cualquier otra, y que por lo tanto, debía estar sujeta al libre mercado. Para el artesano, un producto jamás es una simple mercancía, la dificultad de su entrenamiento impide tal  reduccionismo.

Una pequeña familia de teteras, hicieron que Donald Norman viera en el objeto más que funcionalidad. Hicieron que se viera a sí mismo como consumidor. Por otro lado, la historia del lápiz, del libro, del automóvil o del cartel, es siempre más interesante que la historia del Diseño mismo, la cual difícilmente va más allá de ser una lista de trabajos canónicos o de casos de “éxito”. La mejor relación que puede darse entre diseñador, el objeto y el usuario, no es la de productor a comprador, sino la de consumidor a consumidor.

Fuera de la complicidad de consumidores que se da entre el diseñador y el comprador final, poco hay que pueda valer la pena. Ahí están los mercadólogos, que coleccionan distintas cabezas (targets) para su pared. También los diseñadores que creen que pueden hacer “de todo”, desde libros hasta páginas web, desde estampar playeras hasta ilustrar libros científicos; hacen libros que no leen, páginas que no visitan, playeras que no usan y hablan de ciencias que no conocen. No importa que le echen ganas, el infierno está pavimentado con buenas intenciones. De igual modo, fuera están los mercenarios (mal llamados diseñadores), más interesados en satisfacer a su jefe o contratista que al consumidor final. Hace algunos años, uno de mis mejores amigos, “el roach”, se quejó de la pésima calidad de los textos (plagiados) con los que tenía que producir un interactivo. A la fecha, jamás ha salido en la revista de Exaudlas por haber tenido el valor cívico de protestar, aunque sí “el jefe”, quien después de decir “así están todos”, le informó que estaba despedido. Así no dan ganas de salir en esa revista.

Al menos desde mi punto de vista, el verdadero interés del diseño está en el objeto terminado, no en el proceso ni en los resultados. Respecto al proceso, ya se ha visto que la única manera de resolver las cosas es resolviéndolas, así, de sopetón, lo demás son ajustes, nada de pienso y luego existo, sino más bien, somos en la acción (dasein), antes de eso, no hay diseño sino reflexión (que también es importante). Por parte de los resultados, habría que recordar lo que dice George Nelson sobre la función del diseño:

[El Diseño] no puede transformar una pequeña vida gris en una llena de color -sólo la persona que vive su vida puede hacerlo. No es una vitamina ni una medicina. Este alcanza su máximo potencial cuando lo experimenta una persona que está completamente apta para entender y disfrutar lo que se le está comunicando. Pero tal persona no lo necesita para enriquecer su vida, porque su vida ya lo es.

[...] El propósito del buen diseño es ornamentar la existencia, no sustituirla.

Al final de una conferencia sobre el diseño de protesta, alguien le pregunta a Chaz Maviyane si conoce la efectividad de su diseño. Años antes de la pregunta, Alberto Manguel aventura una respuesta:

No creo que un texto, cualquier texto, por brillante y conmovedor que sea, puede afectar la realidad de los que padecen sida en Sudáfrica. Tal vez no haya ningún poema, por poderoso que sea, que pueda aliviar una pizca de dolor o transformar un solo momento de injusticia. Pero tal vez tampoco haya ningún poema, por mal escrito que esté, que no pueda contener, para su lector secreto y elegido, un consuelo, un llamado a las armas, un resplandor de felicidad, una epifanía. Hay algo en la modesta página que de una manera misteriosa e inesperada, nos permite, no la sabiduría sino la posibilidad de la sabiduría, atrapada entre la experiencia de la vida cotidiana y la experiencia de la realidad literaria.

Hay que agradecer que aún quedan diseñadores que le tienen fe a los objetos (y a la poesía).

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