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À León Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños.

Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A León  Werth
cuando era niño.

Hace un par de días, en la Wikipedia en español, fue modificada la entrada de Coraline: se borró el segundo párrafo de la misma, que decía:

Adaptación y significados

Coraline es una adaptación del cuento La casa de caramelo, mejor conocida como Hansel y Gretel que los hermanos Grimm estilizaron. Coraline no es realmente un libro para el público infantil. Tampoco puede decirse que posea grandes significados ocultos, tanto así que un niño o un adolescente no lo entiendan.

Se nutre igualmente de la Caja de Pandora para componer su mitología.

El anagrama Coraline con Caroline es un indicativo claro de que su realidad está modificada.

La razón por la cual se quitaron estas líneas no se sabe, no hay discusión al respecto, aunque se agradece, no tenían razón de ser. Antoine de Saint-Exupéry no se equivocó al decir que hay que ser capaz de comprenderlo todo, de recordar que se fue niño alguna vez, y de saber de lo qué se trata el hambre y el frío para poder entender los libros para niños. Tal vez por alguna carencia de lo anterior, toda la riqueza de Coraline, le pasó de noche al Wikipédico escritor.

En la Guía de libros recomendados para niños y jóvenes 2006, uno de los criterios de selección es el siguiente: “Los libros que nos invitan a acudir a otros libros, que nos llaman a visitar el museo, adentrarnos en el bosque o explorar el jardín de una manera impostergable [...]“. Coraline cubre este criterio perfectamente, pues para quienes recuerdan que alguna vez han sido niños, la película es una invitación a bajar saltando las escaleras; a volver  reñir con las alfombras; a llenar una maleta con herramientas y salir a explorar el bosque, o el patio (o los condominios de enfrente); a ir al circo y comer algodones de azúcar y palomitas; a cuidar un jardín (o a desear uno); a construir una marioneta o a aprender a construirla. Y esta lista no es exhaustiva.

Hay que recordar que se fue niño para asustarse con gusto con Coraline. No son los insectos, o los extraños, o las crisis económicas o los grandes monstruos lo que asusta a Coraline, sino temores más elementales, que muchas veces olvidamos que existen: el hambre, el frío, la imposición, la ausencia de nuestros amigos o de nuestros padres, el caer a un pozo, el estar encerrado, la impotencia de no poder ayudar a otros o a nosotros mismos. Por eso Coraline se siente atraída por un olor muy rico, y con lo que intenta comprarla la “otra” mamá, es con abundantes platos de comida y dulces. El hambre en los cuentos para niños, es siempre una crítica social, como dijera Alberto Manguel:

[...] en una sociedad democrática, antes de que la posibilidad misma de aprender a leer pueda ser tomada en consideración, las leyes de dicha sociedad están obligadas a satisfacer un número de necesidades básicas: alimento, vivienda, cuidados médicos. En un ensayo conmovedor [...], Collodi tiene esto que decir sobre los esfuerzos republicanos para hacer efectivo un sistema de escolarización obligatoria en Italia: “Tal como lo veo, hasta ahora hemos pensado más en las cabezas que en los estómagos de las clases sociales que sufren y están necesitadas. Ahora pensemos un poco más en los estómagos.” Cincuenta años más tarde, Brecht declararía: “Primero la comida y luego la moral”. Pinocho, que no desconoce el hambre, tiene una conciencia clara de este requerimiento básico. Imaginando lo que haría si tuviera cien mil monedas y fuera a convertirse en un caballero adinerado, se fantasea en un bello palacio con una biblioteca “repleta de fruta confitada, pasteles, panettoni, tartas de almendra y bollos rellenos de crema”. Los libros, como bien sabe Pinocho, no alimentan un estómago vacío.

A Coraline también le indigna que sus papás estén encerrados y con mucho frío, como también que se obligue a otros a comportarse como no quieren (como a su “otro” amigo y a su “otro” papá) o a que permanezcan encarcelados, como los niños fantasma.

Coraline es una película para disfrutar, y afortunadamente, este disfrute puede ser compartido por muchas personas. Como dijera W. H. Auden, existen muchas obras buenas que únicamente leen los adultos, pero no hay libros buenos que lean sólo los niños. Miedo deberíamos tener a escritores como Leprince Beaumont, quien creyó que los cuentos debían ser más para enseñar que para divertir, o como Donald Norman, quien piensa sinceramente que la función del verdadero arte es la de educar, no entretener. Esta dimensión moralista se encuentra casi siempre en las caricaturas de Disney, y quizá por esto, en Coraline los malos son los ratones (ratas disfrazadas), el bueno es el gato (Disney odiaba a los gatos) y el paisaje realmente es un personaje más, no un mero elemento de fondo, como sucede en muchas caricaturas de Disney. Y estas no son todas las referencias.

Con esto no quiero decir que Coraline sea una película vacía. Todo lo contrario, lo que pasa es que hay que ser observadores, y poner más atención en los peligros que tiene un niño a su alrededor. La pequeña puerta de la casa de Coraline existe, y puedo asegurar que está en casi todos nuestros hogares, sólo que con otra forma, y tal vez, más peligrosa. Esta puerta se llama televisión, y tiene la misma facultad de obnubilar a los niños. En esta “puerta”, a las “otras” mamás se les llama mercadólogas, gerentes de ventas, creativas, diseñadoras. En el documental de La corporación, Lucy Huges, una de estos bichos malos, le fascina el hecho de que se pueda manipular a un niño para que le pida a su papá un producto. Por eso hay mucho más de familiar que de extraño en el mundo al otro lado de la puerta. Ahí las mamás son más delgadas, sin arrugas, no odian el polvo, fingen que nada tiene un costo (hasta que disimuladamente, en una cajita de regalo, te lo imponen), y mienten con trucos tan viejos como el de “puedes decidir lo que quieras, pero nosotros sólo queremos lo mejor para ti”. Y todo esto con la certeza de que conocen a los niños como la palma de su mano.

Pero realmente su conocimiento es limitado, aún para pequeños mundos que no son más grandes que el del Principito. La imaginación de la “otra” mamá no da para llenar ni un planeta tan pequeño; rápidamente queda vacío al recorrer unos cuantos metros, porque sólo conocen a su víctima en números, estadísticas, grabaciones y pruebas de usabilidad. Ya lo dijo el zorro: “Sólo con el corazón [o con un anillo de dulce] se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos [o para las estadísticas o los estudios de mercado].”

En este contexto, la acción heroica de Coraline, es rescatar el alma de los otros niños, que daban vida a sus espacios de entretenimiento. Es posible que esto sea una resonancia de otros eventos similares, como el de ciertos niños del Bronx que, indignados por las prácticas esclavistas de Nike y de saber cómo éstas afectaban la economía de sus padres, se dirigieron hacia la “Nike-Town”, en Nueva York, para lanzar sus tenis hacia la entrada, y gritar su enojo, su tristeza, y sobre todo, sus ganas de hacer algo, aunque fuera muy poquito. Entre estos niños, una voz, tal vez la de Coraline Jones, le recordó a la empresa: “Nike, nosotros te hicimos. Y también podemos aniquilarte.” Incluso en su pequeño mundo, los niños saben que algo está pasando y también pueden ser héroes. Como Coraline.

Finalmente, he de decir que lo que más me maravilló de Coraline es la devoción y el oficio que tiene su producción. En la película no hay software que haga cálculos matemáticos que se encarguen de los reflejos, o sistemas de partículas que simulen la caída de las hojas, o el movimiento del pelo, ni procedimientos complejos que simulen texturas de telas elegantes, de suculentos postres o de relucientes metales. Tampoco hay grandes efectos de luz, o elementos brillantes que irradien color a su alrededor, como se acostumbra ahora en las películas 3D. Todo tiene la delicadeza de haberse hecho a mano, de crear un sinnúmero de cajas viejas y de maletas gastadas. De trabajar con recortes de tela, de iluminación artesanal, de una animación de gran economía en el movimiento y de gran significado. Aquí todo es apreciable, el movimiento del cabello, el deslizar del lodo, la pulverización de un dulce, el llenado de un vaso, y por sobre todo, la delicadeza, cariño y maestría que pone la “otra” mamá en la creación del muñeco de Coraline, para mí, la mejor escena de la película.

Con respecto a la Wikipedia, sólo puedo decir que cantidad jamás será sinónimo de calidad.

<——————————fin del post ——————–>

Bonus track:

El interés por los insectos, la preferencia de lo usado por sobre lo nuevo, el trato que se le da a cada títere, la recurrencia de las envolturas y algunos puntos memorables de la película, sólo se entienden conociendo también un poco a sus creadores, o mejor dicho, un poco de lo que es su oficio. Dado que yo no tengo ni una pizca de titiritero o animador(aunque me gustaría), pongo a continuación un texto (recortado) de cómo se ve a sí misma una de estos peculiares artistas:

Itinerarios por el mundo del objeto, de Cecilia Andrés

[...] Hay hombres y mujeres que leen su territorio mediante bancos y tarjetas de crédito, automóviles y teléfonos celulares; otros lo hacen con las hojas y las cortezas de los árboles, los pétalos de las flores, la frescura y el sonido de la lluvia o el soplo del viento. Yo lo hago con todos los objetos, soy titiritera.

[...] Hace más de treinta años que vivo totalmente rodeada de objetos. Es una necesidad vital, una compulsión que me lleva a buscar, comprar, adquirir, recibir objetos de todas las formas, tamaños, colores y materiales. No hay lugar adonde lleve conmigo algunos objetos escenciales y de donde no vuelva con otros nuevos. Los objetos marcan mi entera relación con el mundo. Emiten una especie de llamado subliminal desde el sitio en que se encuentran. Mis sentidos lo perciben de algún modo y ¡zaz!, voy hacia ellos. No son solamente aquellos que están en un aparador o en algún estante, la mayoría de las veces son hallazgos fortuitos en lugares insospechados.

Camino por una calle y descubro un bote de basura. Mis ojos lo recorren minuciosamente en busca de algo que le diga algo a la recolectora de desechos en que la vida profesional me ha convertido. Allí, en un pedazo de metal, de tela, de cartón, un personaje con su historia aguarda mi llegada para solicitar un poco de alma que lo anime durante las horas de ensayo y las funciones que daremos juntos.

Un botón, un ojo; un par de alambres, brazos; una lata, la cabeza; una tela, el cuerpo. Un títere sale del bote de basura con apariencia humana. Un par de tijeras jardineras y una cadena pueden convertirse en un dragón o en una serpiente. Un trozo de vela es una princesa solitaria prisionera de los celos de su padre, y una soga, el valeroso príncipe que la rescata.

[...] Mis hijos y mis amigos piensan que estoy mal de la cabeza cuando, sin aviso, me agacho y recojo algo del suelo, o me detengo y giro recta hacia un objeto abandonado, o me introduzco bruscamente en una tienda de chucherías o en un viejo bazar. Los bazares me enloquecen, puedo pasarme dentro horas y horas ocupada en la lectura de las cosas que se hallan ahí, guardadas para que las mire, las descubra, las descifre. A veces, una silla me ve pasar y grita para contarme su historia; insiste tanto que debo sentarme a escucharla mientras los encargados del lugar me observan desconfiados. Cosas así me suceden con frecuencia.

Los titiriteros tienen un don, la mirada aguda que descubre el objeto en mitad de la calle, en la basura, en las manos de la gente, en tiendas y bodegas. Si alguien quiere ver una titiritera extasiada, basta pasear con ella en un mercado de artesanías, una feria de pueblo, una exposición, un mercado de pulgas o una simple venta de garage.

[...] Prefiero lo viejo a lo nuevo. Un vestido usado que alguien me regala me atrae más que uno colgado en un escaparate. Nunca lo uso como me lo dieron: una costura aquí, un pliegue allá, un encaje alrededor del cuello, un toque de color discreto, un cambio de botonadura; hago cualquier arreglo que lo adecue a mi gusto y estilo, lo reciclo. Es otra de mis pasiones: hacer el vestido de un títere con la tela del vestido que usó mi hija cuando era pequeña, o de la camisa vieja de mi compañero, tiene un significado mayor que si comprara la tela nueva en una tienda. Las cosas cargadas de historia, de sudor, lágrimas y amor, me gustan más que las cosas asépticas.

Me gusta reciclar incluso los títeres, cambiarles los vestidos, la cara, los detalles, convertirlos en otros, opuestos a los que eran, diferentes; como si yo fuera un pequeño demiurgo capaz de alterar las cosas y dotarlas de un nuevo sentido. La imposibilidad de transformar como quisiera el mundo real se ve anulada por la transformación de este universo que construyo y deconstruyo sin cesar.

Los canastos, las cajas y los desechos ocupan posiciones relevantes entre las cosas que recojo. Los canastos y las cajas sirven para guardar otros objetos y materiales. Tengo un ojo entrenado para descubrir al pasar canastos o cajas de todas formas y tamaños, lo cual me ha llevado a pelear con los recolectores municipales de basura, a discutir con amigos e hijos y fastidiar a mis parejas. Una titiritera sin canastos (o baúles) no es titiritera.

[...] Trato de transmitir otra forma de mirar la vida, una forma selectiva y fraccionada que permite separar todo lo que es bello del horror que nos rodea.

[...] Habito un universo paralelo, soy tan distraída que, usualmente, no recuerdo los rostros de la gente que conozco. Tampoco recuerdo la mayoría de sus nombres: los confundo o los trastoco. En cambio, tengo una memoria detallada de los objetos que utilzan. Cuando observo a la gente pasar frente a mí distingo sus objetos mejor que sus rostros, y sus gestos mejor que sus cuerpos. Recorto de la imagen aquello que me atrae. Es terrible, veo objetos de colores que sufren desplazamientos en el espacio: una bolsa violeta, unos zapatos cafés, una bufanda con rayas blancas y verdes, un globo amarillo. Una no puede decir: “Buenos días, señora Chalina de Seda Azul” ni “¿Cómo le va, señor Bastón de Madera?” o “¡Qué grande está la niña paleta roja!”

Observo los ojos y las manos de la gente, porque ojos y manos son los medios principales con que el títere se expresa. Me atraen los gestos y el movimiento corporal porque puedo reproducirlos más tarde en el teatrino: un hombre que cojea peculiarmente, otro que oscila, una mujer que da saltitos, otra que cabalga un potro inexistente, son títeres que haré.

Así como el títere es gestual, no necesito escuchar hablar a una persona para saber cómo se siente o qué quiere decirme. Me basta observar sus ojos, sus manos, movimientos, posturas, actitudes, para enterarme de su esencia. Esta deformación profesional me permite leer al otro incluso cuando se encuentra en total reposo. Percibo estados de ánimo en las calles o en los parques, y me cuento las historias que voy inventando mientras la gente pasa frente a mí [...]

[...] La gente lleva sus historias por la calle, y si uno practica su lectura puede sacar provecho de las horas muertas. Para mí es un ejercicio obligatorio de profesión.  Percibir la vida dentro de lo inerte  y captar los estados de ánimo del otro, aunque no los exteriorice, es parte de la vida de un titiritero, acostumbrado a transmitir emociones y a darle vida al objeto que mueve.

[...] Un analfabeto es alguien que desconoce el código, los signos de un lenguaje, y no puede traducirlos. Hay muchos modos y variantes. Así, yo puedo parecer una loca a los ojos de cualquiera, pero a la mirada de un titiritero soy solamente una compañera de oficio que se le adelantó a recoger un cartón indispensable. Mire donde mire, siempre veo un títere esperando. Es una locura, pero es así. Y si fuera de otro modo no sería quien soy. Sería… analfabeta…, y moriría de tedio, de tristeza, de ausencia de lecturas.

Hay objetos y materiales fríos, cálidos, suaves, ásperos, agrios, dulces. En nuestra dramaturgia cada uno es en sí mismo un tipo metafórico.

[...] A lo largo del tiempo aprendemos los gustos particulares de algunos materiales; aprendemos que a las maderas duras les encanta ser marionetas, las suaves prefieren ser cabezas, a las de veta sencilla les gusta ser varilla nada más. Un hule espuma prefiere que lo cubra de látex, otro prefiere la media de nailon o de algodón; aquel escoge la mesa para actuar, éste los hombros de su animador: aprendemos que, muchas veces, quienes deciden expresarse no somos nosotros nada más, sino también los materiales, los objetos.

Yo siempre he animado personajes femeninos con la mano izquierda y masculinos con la derecha; hace poco quise invertir la relación. Puede parecer extraño, pero el títere masculino se escapó de mi mano siete u ocho veces antes de que optara por volverlo a la mano derecha, donde funcionó sin problemas. Ambos títeres están hecho del mismo material, con el mismo diseño e iguales proporciones; las dificultades para animarlos son las mismas, pero uno de ellos se negó a cambiar.

[...] Si en las escuelas se otorgara un tiempo a la observación del movimiento de las nubes, de los sonidos del papel y los metales, las texturas de las telas o la caída de las hojas, igual que el que se destina a la inútil repetición de tonterías, seríamos otros. Aprenderíamos otros signos, construiríamos otros alfabetos, exploraríamos otros mundos: seríamos más lectores.

[...] Mi casa es un enorme almacén lleno de objetos encontrados en los sitios más extraños e inimaginables. No tiro casi nada, salvo en las mudanzas, cuando un arranque pragmático me lleva a deshacerme de algunas cosas y a prometerme acumular menos la próxima vez, lo cual incumplo reiteradamente. En este oficio que es mi vida, una no sabe cuándo o dónde va a necesitar el alambrecito que encontró en la calle Corrientes de Buenos Aires, o la servilleta que robó de un restaurante de la ciudad de México, el dedal de la casa de una señora en España, la cajita de música rota cerca del metro en París, el cubo de vidrio laqueado recogido en las calles de Oaxaca, o tantas cosas, tantas…

[...] No soporto la rotura de un objeto, me duele directamente. Cuando un títere sufre un accidente o se extravía, sufre una parte de mí. Debido a esto, el cuidado que les dedico es obsesivo: tienen sus propias fundas, su espacio en las maletas y en la casa, sus vestidos se lavan, se planchan y restauran igual que los nuestros, sus cuerpos se protegen, se repintan y reparan. Durante los viajes, siempre que puedo, los llevo junto a mí. Cuando debo separarme de ellos cruzo los dedos por que se sientan a gusto y no les pase nada. Los objetos son extensiones de mi propio cuerpo, de mi mente, de mi alma.

[...] Miramos las cosas como si estuvieran muertas, vacías, inertes, pero ¿lo están realmente?

[Los titiriteros] creemos que las cosas viven, sufren, lloran, tienen anécdotas que contar, tragedias, melodramas, fantasías. ¿Quién de nosotros dudaría de la trágica suerte de un trozo de ocote que, separado de su tronco original, es condenado a morir en la hoguera simplemente porque su sangre, su resina, es combustible? Bastan unos cuantos retoques para que su tragedia y la de Prometeo sean equiparables: ambos han cometido el crimen de regalar el fuego a los hombres.

Un pañuelo de papel que absorbe lágrimas, ¿llora por el asesinato de su padre el árbol? ¿Lo hace porque su destino es la basura o el excusado? Y la mascada de seda, ¿es una frívola exhibicionista y seductora o una bailarina que danza triste y solitaria?

Del mismo modo en que nosotros leemos las historias que contienen, los materiales y los objetos leen nuestras historias. Son cuantiosos los casos de títeres que expresan los más ocultos deseos y ansiedades de sus animadores.

Súbitamente, a la mitad de una escena, un títere lanza opiniones que el titiritero no comparte o que no desea expresar conscientemente, pero no puede pararlo. La ausencia que el títere propone debe ser llenada siempre. Con mucha frecuencia es el inconsciente el que se encarga de hacerlo.

[...] Los títeres son peligrosos, se atreven a decir lo que otros callan. Se divierten y se burlan del poder cuando éste busca amedrentar y cancelar la risa. Los títeres han sido vínculo del hombre con sus dioses, han propagado dogmas religiosos y se han rebelado contra ellos; han viajado con los conquistadores y han luchado al lado de los conquistados; han promovido huelgas y revoluciones; durante sus funciones han detenido guerras, mantenido a salvo la identidad de un pueblo, promovido campañas de salud y alfabetización. Actualmente marchan al frente de las manifestaciones de protesta, encabezan los desfiles jubilosos, invaden los teatros de la mano de actores, mimos, bailarines, pintores, escultores, y siguen recorriendo las escuelas, los parques y las plazas con las manos y los cuerpos de sus titiriteros. No es extraño que el poder los tema, los persiga, los prohíba.

[...] A los titiriteros nos ocurren cosas similares, nuestras parejas se divorcian de nosotros porque amamos más a los títeres que a ellas; nos emociona el hallazgo de un par de baúles en un depósito de basura y pasamos horas comentándolo; nos falta dinero siempre y vivimos casi sin planes; nos ocurren cosas maravillosas con los niños, los jóvenes y los adultos, y cosas terribles con los funcionarios, los agentes aduanales, con los policías, los aeropuertos y los autobuses; nos presentamos en las plazas, las calles, los teatros, los bares y los cafés; frecuentamos las prisiones y los hospicios; vamos a los albergues para refugiados de guerras y desastres; pasamos de la abundancia a la pobreza en un instante; soñamos, deliramos, nos apasionamos por casi las mismas cosas, y nuestros rostros adquieren las facciones ingénitas de la materia que animamos.

Por eso lloramos y reímos juntos, nos hacemos promesas, nos amamos y nos odiamos, y luego partimos con nuestras maletas viejas, nuestros títeres, nuestras historias, renovadas la terquedad, la itinerancia, la insistencia, la pasión desmesurada.

[...] Éste, desde luego, es mi punto de vista, el punto desde el cual observa la mujer, la titiritera que soy. Me gustaría que otros, fuera de mi gremio y mi oficio, compartieran esta manera de observar el mundo: que mientras sujetan una coladera, una llave de tuercas, una tela, soltaran sus amarras y flotaran en otros universos, exploran las historias que cada objeto tiene en su interior, que respondieran a la provocación que conllevan y volaran en alfombras tejidas con hilos rotos, trozos de metal, cuerdas de reloj o de guitarra. Quisiera que todos fuéramos capaces de lanzarnos de cabeza a esos mundos.

[...] No todos podemos ser titiriteros, pero todos podemos jugar con los objetos y dejarnos conducir  por ellos a otro mundo, siguiendo itinerarios insólitos que se descubren conforme avanza. Jugamos y leemos para descubrir y descubrimos a lo largo de este viaje misterioso que es la vida. Y eso, finalmente, es lo que importa.

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